
Por: Cristina Mendoza Alcázar / Foto: Fernando Aceves
Sólo él, su guitarra y su voz. Unas velas. Con luz, sin luz. Reflectores rojos, amarillos y azules.
El Lunario del Auditorio Nacional se encuentra a tope. El lugar no es muy grande, por lo que en cualquier sitio donde estés ves de maravilla. Todo está perfecto para una velada íntima, “de tú a tú”. Es raro comprar una silla en una mesa de cuatro, para disfrutar un concierto. Cerveza, comida –no muy buena-, un servicio que deja mucho que desear y puntualidad inglesa (o, en este caso, irlandesa), nos dan la bienvenida.
¿Quiénes serán las personas que lleguen a la mesa esa noche y completarán los cuatro lugares?
Entra y sale gente, “Hasta las 10 pueden pedir bebidas y comida, después se cierra la barra. Políticas de este concierto en particular”, nos dice el mesero.
22:00 horas. “Sharp.” Suben las pantallas en donde se proyectaban videos musicales, bajan las luces, y sale una pequeña figura, flaca, con el cabello rubio, rizado y despeinado. Unos jeans gastados, unos cómodos tenis y una playera que acentúa su delgadez. No debe de llegar al 1.70 de estatura, pero no importa; en el escenario sólo están él, su guitarra, el micrófono (uno) y velas rojas. No saluda, comienza a cantar. Una tras otra. “Este hombre vino a lo que vino”.
“Delicate” es la segunda, y no puedo evitar esbozar una sonrisa, porque es una de mis favoritas.
Después de la tercera o cuarta pieza se suelta. “Mi español no es bueno”, afirma. La gente ríe. Parecería que no queremos ni parpadear; su marcado acento irlandés hace que nos miremos los unos a los otros y que repitamos “home” o alguna otra palabra que nos parece simpática.
Cuando alguien corea alguna estrofa se escucha casi en murmullo, y si es más fuerte, un inevitable “shhhh” se deja oír: hoy hemos venidos a entregarnos con él, a disfrutarlo. El Damien Rice está en México por vez primera y, al parecer, está pasándola bien.
“Les voy a contar la historia de la siguiente canción”. Y comienza con una anécdota de hace mucho tiempo; de enojo, autobuses, una amiga y estrellas: “Amie”.
En un momento, antes del receso –cosa que él no acostumbra- en el que se podría ordenar bebidas, pide que cierren el micrófono y el amplificador. Y así, canta a viva voz y sólo con su guitarra. Definitivamente tiene nuestra atención.
De regreso a “la parte borracha del concierto” -como bromea-, está más animado, más platicador (¿o habrá sido nuestra alcoholizada percepción?)
“Hace mucho que no toco, entonces estoy tratando de recordar cuáles tengo”, bromea después de tocar unas cuantas notas y arrepentirse. El público comienza a gritar sus favoritas.
“Cold Water”, “Hallelujah”, “Dogs”, “Eskimo”, “Unplayed Piano”, entre otras, suenan una tras otras, sólo con un par de interrupciones en las que nos cuenta, “lentamente, para que todos entiendan”, la forma en que habían nacido algunas de sus canciones. Un par de consejos para saber si la mujer que está junto a ti realmente te gusta después, comienza “Rootless Tree” ante la fascinación de todos.
Una chava grita “sabroso”, ante lo que él se queda extrañado; cree que le está mentando la madre. “¿Alguien me puede explicar qué me dijo? ¡Sólo uno!… ¿Sabroso yo? Oh, no, ahora no, tal vez después”.
Otra locura se le ocurre. “¿Pueden apagar la luz completamente?” A oscuras toca dos canciones y de repente no sabes si estás en tu casa escuchando un CD o es real que está en vivo, frente a nosotros.
“¿Alguien sabe la hora? ¿En serio nadie trae reloj?” Es que nadie se quiere ir, a pesar de que casi es media noche.
Sin duda el punto más alto es cuando nos coordina a todos para cantar “Volcano”. Cada sección del pequeño recinto tiene una frase y, en un momento, une a todos, lo que convierte la atmósfera en un mano a mano; en un mucho más que un unplugged.
La única nota fuera de tono de la noche es un pleito, afortunadamente, lejos de mi mesa. Platos rotos y todo. Justo al final la penúltima canción –con la que volvió después de despedirse-, “The Blower’s Daugther”. El disturbio es idóneo para que nos acerquemos al escenario, de pie, con nuestros celulares y cámaras. Él, por su parte, nos ofrece un performance. Con vino, cigarro y coreografía de borracho, Damien canta, ahora sí sin guitarra y con pista, “Cheers Darling”. Camina como borracho, habla como borracho, se sirve una, dos copas. Brinda en inglés y en español. Termina. Sonríe. Se despide sobrio.
Doce y media, más o menos, marca el reloj cuando ahora sí, el pecoso Damien deja el escenario. Nosotros peleamos por la cuenta y nos dirigimos hacia la interminable cola del valet parking; eso sí, con el acento irlandés retumbándonos en la cabeza y las melodías de la guitarra en la memoria.
Una velada que ha valido la pena reseñarse.
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