



Por: Alfredo Guzmán // Foto: BigIdeas (OzCorp)
El lugar certero
Hay artistas que se rigen por un tenor autónomo; que poseen un lenguaje particular que escapa a cualquier concepción clásica o moderna de lo que significa la música. Gavin Bryars es de esos casos extraños donde los argumentos preexistentes se derrumban al verlo en vivo. Su concierto se posiciona en una categoría superior a cualquier cosa que un servidor haya presenciado. No sólo porque su fundamento se aleja de una tradición popular sino porque al mismo tiempo, siendo un compositor contemporáneo, logra distanciarse del método de glorificación de la música culta.
Desde que se anunció que en su presentación en el Festival del Centro Histórico interpretaría su obra emblemática y seminal de 1969 The Sinking of the Titanic, algo inesperado se intuía. Y todas las ilusiones e intenciones de descubrimiento se hicieron ciertas la noche de viernes. Como cualquier otro concierto de música “clásica” en este país la sala estaba a menos de la mitad pero el ánimo de los presente hacia ver que lo de Bryars no era un espectáculo más de talento y virtuosismo académico televisado por el canal 22; los silentes parroquianos de la disquera de Eno (Obscure Records) dejaban ver una extraña presencia pedestre.
El programa divido en dos creo una expectativa un poco fallida caracterizada por un falta de unidad en la primera parte donde las interpretaciones desordenas no lograron apreciarse en su máximo. Al apagarse la luces y escuchar las primeras campanadas de la pieza todo lo anterior pasó a segundo plano. Acompañado de un ensamble mas cercano a una banda que a una sinfónica Bryars logró cautivar con una factura asombrosa. Combinando la perfección del virtuosismo y la emotividad de un buscador incasable los minutos se guiaron por una magia perfecta repleta de silencios polifónicos evocadores capaces de atrapar al menos insensible.
El concierto abarcó todos los puntos de lo que la música puede dar; desde la precisión técnica hasta ese guiño de autenticidad que las interpretaciones de compositores clásicos no logran, ese gesto de resistencia propia del pop. Lo Bryars fue la unión de las esferas mas distanciadas; logró que los océanos entre la exactitud y el instinto se juntaran en minutos perfectos. Gracias a su interpretación pudimos percibir en su totalidad la potencia emotiva de la seriedad clásica. Entendimos que en algún momento Erik Satie fue Thom Yorke. Ver Bryars desarrollar un universo sin la necesidad de volatilizar su talento fue presenciar el momento más perfecto de la música contemporánea.










hola.
hace poco mas de 30 años escuche por primera vez a “gavino barredas” (GB), desde entonces la busqueda de su produccion se volvió en mi incontenible, las sensaciones surgidas al escucharlo en un chorro de grabaciones que de repente encontraba, solo las habia experimentado con otros clásicos de mi generacion, los Stones, Floyd, la Crema y otros pocos.
Escuchar a mister Bryars en méxico fue extraordinario comparto tu sentir.
felicidades a todos los que o vivimos tales (2) experiencias
jesus.