Scout Niblett






Louis Aguilar


Fotos: BigIdeas (OzCorp)
Sout Niblett es una gentil chica inglesa. Viéndola en la calle, no se pensaría nada extravagante de su persona, aunque tal vez su mirada sea un poco peculiar. Scout Niblett se llama en realidad Emma Louise Niblett, pero se cambió el nombre en honor al libro de Matar a un Ruiseñor de Harper Lee. Ese cambio nos da una pequeña idea de que las cosas no son nada como parecen. Cuando Scout Niblett se cuelga una guitarra, all hell breaks loose. Ni siquiera las eternas lluvias del norte de Francia pueden apagar la flama que ella carga adentro.
Pero empecemos desde el principio, el paisaje: un viernes en la tarde de persistente chipi chipi lluvioso, unas peligrosas ráfagas de aire (que si pesara menos, si habría levantado vuelo). Bajo estas circunstancias, ¿qué se puede hacer? Pues entrar a un concierto, todo sea con tal de olvidar las inclemencias un rato. El venue de L’aeroneuf en Lille, Francia tiene la peculiaridad de estar en el tercer piso de un edificio que incluye un centro comercial, departamentos para estudiantes y una no tan bella vista a las vías del tren. De dimensiones acogedoras, no se pensaría mucho de tal lugar. Sin embargo tiene dos cosas que ya quisieran muchos recintos aquí: un bellísimo sistema de iluminación y un sonido parte madres.
La noche comenzó con Louis Aguilar, músico francés que tintes folk, pero en vivo se inclina mucho más por un sonido como el de Neil Young en el soundtrack de Hombre Muerto. Guitarra sucia y una voz desgarrada, entonando lamentos de gente solitaria que hace mucho perdió el rumbo. Su corto, pero cargado set llego a su clímax con la última canción, donde realizo un loop con su guitarra para disparar un sonido más denso. Una batalla entre acordes donde no había ganador indiscutible.
Para cuando salió Scout, como mencione, uno no creería que un cuerpo tan pequeño podría cargar tanta furia. Una voz que en ocasiones recuerda en parte a Björk, en parte a Janis Joplin y el sonido de PJ Harvey en la época del Rid of Me. Sin esperarlo, uno recibe el impacto de sus canciones como se recibiría una patada en los “destos”, pero acompañada con el cariño que una madre le profesa a su hijos. Comienzan lentamente, llenándose de una inevitable tensión, como una tormenta acechando que solo espera el momento ideal para liberar su contenido, pero el contenido es fuego, achicharrando todo a su paso. Tiene tal intensidad en su persona, que bandas de emo podrían ser RBD a su lado. Con 5 discos bajo el brazo (el más reciente: The Calcination of Scout Niblett), había mucho material para escoger, y vaya que lo hizo, entregando un maratónico recital de unas dos horas, llegando incluso ella a solicitar peticiones del público.
Sout Niblett alterna entre guitarra y batería en sus presentaciones. Aún cuando da alaridos de poseída, también se ríe como niña chiquita que gusta de guardar secretos. Cuando está en un trance de feedback, le gusta mirar hacia arriba como para empaparse por completo entre el ruido. Y tiene una canción que va para los traileros con el ritmo más inocente del planeta. Scout Niblett nos corrió a todos del lugar después volarnos los cerebros. Mi vida no creo que sea la misma ya.

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vi videos de ella en vivo y confirman tus palabras. Por cierto, muy fregonas las fotos.
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