Author Archives: Luis Arce

Mono @ El Plaza Condesa

Abril 28, 2013

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Por Luis Arce (@lsfarce/// Fotos: BigIdeas (OzCorp)

La libertad de una canción supone que su estructura debe darnos el suficiente espacio para producir toda clase de resultados una vez nos enfrentamos contra ella. Para los muchachos japoneses que están sobre el escenario, la libertad de una canción, consiste en fracturar hasta dónde sea permisible, los contrastes de la pieza. El divagar constante entre los ruidoso y la armonía de pequeños reflejos que escuchamos en su música. Mientras pienso esto, Mono ha decrecido nuevamente otra de sus composiciones.

Son una alineación normal: dos guitarras, un bajo o piano y una batería. Sin embargo producen un sonido capaz de emular las turbinas de un aeroplano, o una corriente marina definida porque en ella existe cierta idea de lo inagotable. Mono, ese grupo de rock experimental japonés, tiene entre las manos un descubrimiento que los hace saltar, no sin una delicada espontaneidad, a los que podríamos considerar como una reforma completa de la composición: un tríptico claro que nos indica hasta dónde llegará el ruido, hasta dónde llegará la calma.

Aunque pudiera interpretarse como un concierto cuyos temas no presentan en realidad variaciones de intensidad: está claro que la música de Mono, desciende y asciende con rotunda celeridad en todos los casos; pero cada uno ubicado perfectamente en la subjetividad de la canción. Por eso pueden entregarnos momentos donde, sujetos de una confección armónica en perfecto equilibro, la música se precipita hasta perder toda relación con alguna norma de ejecución musical. Sólo Yasunori Takada permanece sujeto a una idea de la canción; pero aún así colma de soberbios detalles la capacidad acústica de El Plaza.

Pure As Snow” resulta, entonces, en el epítome de todo aquello que evoca este momento frente a Mono; uno a uno los instrumentos ocupan su lugar, la música desciende entre los ojos descubierta por la iluminación, –raramente tan atinada, progresiva y reservada a la vez. La luz transmitirá, posiblemente una imagen similar a la música; pero no la conciencia que tanto ha cuidado su evolución. Nosotros sólo recibimos la supuesta monotonía del asunto, el vaivén de progresiones, ritmos e intensidades; pero en suma, habremos de desconocer lo que expresa. Ese significado, si lo queremos, nos corresponde a nosotros.

Es probable que debamos recordarlo, la música que procede a recrearse como una montaña rusa; siempre tiene nuevas texturas por ser descubiertas, aun cuando se limite a la progresión de un ensamble cotidiano de rock, difuminado hasta el hartazgo en su fórmula gastada. Entendido esto, debemos permanecer atentos a esas progresiones, el más ligero cambio implica que la canción está por alcanzar nuevas cumbres. De la misma forma, Mono retribuye a sus grabaciones la posibilidad de ser redescubiertas cuando son ejecutadas en vivo, y, sobra decirlo, son realmente buenos para expresarlo.

Setlist
Legend
Nostalgia
Dream Dyssey
Pure As Snow
Follow The Map
Unseen Harbor
Ashes In The Snow
Halcyon
Everlasting Light

Post escrito por: Luis Arce

Spiritualized @ Teatro de la Ciudad

Abril 18, 2013

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Por Luis Arce (@lsfarce/// Fotos: BigIdeas (OzCorp)

Puede que se deba a nuestra extraña necesidad por encontrar fenómenos que habrán de conmovernos, y que diluyen nuestra emociones con la plasticidad de una pintura cuyo tema son las olas. Puede que no tengamos una forma más aproximada de explicar nuestros sentimientos que acudiendo a los lugares comunes, que evocan cierta claridad, pues cada uno de nosotros reconoce en ellos cierta propiedad de sinceridad. Puede que no. Puede que todo sea un fanatismo susceptible a la observación de otro. Puede que. Sin embargo en última instancia todas esas posibilidades resultan pueriles en relación a lo que tratan de abordar.

El 17 de abril Spiritualized ofreció un concierto en el Teatro de la Ciudad y yo decidí cerrar la boca.

Con una frecuencia inescrutable, el fanatismo suele fracasar al momento de abordar un tema. Más aún, cuando este tema nos ha hablado con demasiada frecuencia de nosotros mismos, resulta muy complicado aligerar la carga ideológica y sentimental que yace en nuestros dedos cuando queremos escribir: “Spiritualized fue de verdad un gran concierto”.

De antemano, he de declararme como un fanático abierto de la música creada por Jason Pierce. No tengo justificación. Sólo he decidido admitir la subjetividad reconocida que subyace a este texto. Sostuve además, dos pláticas con Jason, la primera por teléfono; la segunda en persona, mientras el bebía café, se quejaba del calor de la ciudad, y yo le preguntaba por el cuestionario que aparece en Ladies and Gentlemen We Are Floating in the Space.

Spiritualized, es una asociación de diversas probabilidades. Veamos primero ahí a Pierce. Sentado sosteniendo su guitarra Fender, provocador dentro de una sentencia necesaria: no hace falta la pirotecnia. El grupo que suena detrás de él lo entiende en toda su sintomatología: es un hombre callado, pero enteramente conectado con su experimento, enteramente dispuesto a entregarnos lo mejor de su persona.

Comienza primero con un arrullo, la pieza “Here It Comes (The Road, Let’s Go)”, creada bajo el eterno consuelo de la sanidad, de la invención de nuevas realidades a las cuales podemos acercarnos, sólo desplazando los oídos más allá de sus limitaciones. Es una pieza tan perfecta para iniciar la conversación que no existe grabada en estudio, sólo sucede en vivo. Así de cuidado se muestra ya este espectáculo y esa canción es tan sólo la puerta.

Con “Hey Jane”, me he descubierto fascinado ante un público mexicano que se comporta como nunca antes; posiblemente sean las butacas o el calor que hay dentro del recinto, pero la audiencia ha permanecido callada cuando la canción lo amerita. “Medication” con su largo proceso de gestación, ha hipnotizado a todas estas personas. En total, resultan dos horas de música cargada de una fe que ya pocas veces encontramos no sólo en el rock, sino en la totalidad de la manifestaciones humanas. “D Song”, “Take Good Care of It” o “So Long You Pretty Thing”, representan momento cargados de la más álgida vivencia escénica. Queda claro que Pierce respira su música, aun con sus destrozados pulmones, y logra de paso, que nosotros respiremos también.

En relación al espacio interior de esta música, sólo puedo decir que la sinceridad puede crear lazos genuinamente humanos, que atendemos a la personalidad de un hombre de la misma forma que lo escuchamos cantar, y pocos son tan afortunados como Jason Pierce a la hora de este suceso. Ahora mismo, prefiero callar nuevamente; recordar que este concierto será motivo de largas charlas en el futuro, y recostarme para recordar porque esta agrupación, este proyecto, este hombre sigue siendo uno de los referentes más importantes de la música contemporánea. No es un genio, y no lo intenta; es simplemente un hombre que busca apropiarse de algo, un pedazo de nosotros mismos. Finalmente, ¿qué puede un hombre sino a los otros?

Post escrito por: Luis Arce

Sonoris Causa /// Spiritualized

Abril 17, 2013

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Por Luis Arce (@lsfarce)

La historia de una leyenda del rock no se limita a la pirotecnia de los actos mediáticos que le arrastraron a su destrucción. Asimismo, la mirada de una persona es incapaz de manifestar un arrebato sincero ante la figura cada vez más despierta y fascinada de un artista que ha hecho de su vida una rotunda leyenda.

Como grupo de culto, Spacemen 3 apareció entre grabaciones minimalistas y desencantos sentimentales evocados por una guitarra de forma minimalista. Tanto para J Spaceman como para Sonic Boom, el proyecto consistía en una investigación de lo que llaman “espacio interior”, ese recóndito suceso entre el oído y el audífono que disfraza sólo para algunos de nosotros el significado de una canción. Los lugares desde aquel entonces han sido los mismos, lugares sencillos y nobles como el amor, el espacio, la soledad y la iluminación; lugares sin nombre, pero reconocidos por sus sinceras facultades humanas.

Jason Pierce nos habla de aquellos momentos con cierta ironía: “La música toma lo que tengo por dentro y hace con ello un proceso donde intento entenderme. Lo mejor era que algunas personas también lo entendían. Había cierta belleza en todo, pero la sentía propia, basta genuina.” Efectivamente, pocas veces se ha escuchado de una música tan sincera y genuina como la que abandona la cabeza de Pierce para encontrarse con un mundo destrozado.

Tanto Spiritualized como Spacemen 3 son dos proyectos que abandona la naturaleza del rock sentenciado por la emoción. Canciones con un sólo acorde, álbumes escritos con una o dos melodías, mantras repetitivos en forma de rasgueos hechos a voluntad y con la preocupación de nos resbalarse demasiado lejos de la idea que generó todo esto.

Popularmente se conoce a Spiritualized como la agrupación que surgió de las cenizas de Spacemen 3. Por antonomasia, esto supone un error; Spiritualized es más parecido a una extensión de los efectos minimalistas y auráticos provocados por la primera agrupación. Pierce hizo de esta extensión una forma de vida, como lo haría un tubo intramuscular, el proyecto de Jason adquirió de pronto la misma estética minimalista de Spaceman 3, sin evocar demasiados contrastes temáticos. Sugiriendo apenas un pequeño movimiento en la estética del conjunto. Al igual que Sonic Boom, Spaceman creía en una nueva forma de producir su sonido, la decisión fue clara y el proyecto estalló para dar paso a nuevas exploraciones personales, cargadas, por supuesto, con un particular sello: ”Comprendes a todas esas personas que quieren hacer cosas similares a las que tú haces, están, de alguna manera, en lo correcto, es su forma de hacer las cosas. No importa si estás en ácidos, pues sólo tratamos de hacer rock & roll”. Esa es, finalmente, la clase de música que Pierce quiere hacer. Nada más que rock & roll.

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Considera que el gospel es una de las manifestaciones humanas más honestas a las que podamos atender. Cree por ejemplo, que esa música cantada con la fe existencial de un Dios creador, vertida sobre las voces de los creyentes es una unicidad vocal “sin mentiras”, porque trata estrictamente con las cosas con las cuales quiere tratar. Si ese estilo musical, sobre el cual Jason destaca a Ray Charles, debido a la enorme sinceridad que lleva en cada nota de su música. Respecto al gospel y la referencias en su música a cuestiones religiosas, Jason reitera constatemente que su música tiene poco o nada que ver con ello; prefiere vivir en la idea de la moralidad y la humanidad que la compone. “Es sobre ser humano. No tengo una religión como tal. Básicamente todo lo que escribo tiene más que ver con la moral, la mortalidad y la responsabilidad de ser humano”.

Estas referencias constituyen un lenguaje que inspira para hablar sobre situaciones normales, pero al mismo tiempo transforma los lugares en algo idealizado, casi intangible. Es apariencia, este truco podría transformar su música en una materia demasiado etérea para ser accesible; sin embargo los lugares desde los cuales la historia está contada son los pequeños vuelcos que da la vida cuando encontramos esos detalles que habrán de cambiar nuestra forma de percibir la realidad. Cuando era un niño escuché Raw Power de The Stooges, realmente no sabía nada sobre ellos, pero me pareció interesante comprarlo, porque se veía raro. Tú sabes este tipo sin chaqueta y con unos pantalones de cuero. Tenía actitud”.

Al igual que algunos de nuestros álbumes favoritos se apropian de fragmentos en nuestra vida, el álbum de Raw Power cambión la forma en cómo Jason entendía la música. Se sintió profundamente agradecido y conmovido por encontrar en su madurez una respuesta que lo conectará con todo aquellos que había escucha. “A veces cuando descubres algo, a partir de ese momento te pertenece. Lo mismo aplica para la música y para la vida en general”.

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Enseñar a alguien a escuchar la música de una forma específica tiene tanto sentido como enseñar a un perro la forma correcta de sentarse en la hacia su amo. Durante los siete álbumes de Spiritulized ocurre un fenómeno que nos enseña, no cómo escuchar la música; sino cómo dejarnos arrastrar por su magnetismo. Como territorios, cada uno es el desconocido canto de un espíritu infefable. Lazer Guided Melodies o el ambicioso Amazing Grace son álbumes que intentan sobre todo, crear un entramado sumamente complicado de la mente de Pierce, no son estrictamente accesible, pero cuentan con muchísimos detalles que confirman su relevancia tanto para el escucha como para la madurez intelectual del compositor. Pierce piensa, sin embargo, que dejarlos salir tan cómo no estaban planeados, es la mejor forma de hacer un álbum. “Todo tiene que salir, de alguna manera, mal. De esa forma es más sencillo llegar a un punto donde encuentres lo que estabas buscando. Todo tiene que salir bajo cierto disturbio”. Esta máxima es notoria en cada aspecto de su trabajo, pero la enseñanza que desencadena lo hace aún más evidente: no hay un sólo disco de Spiritualized que esté libre de equivocaciones, libre de composiciones más carismáticas que completas, libre de juegos inconclusos o de caos sonoro surgido entre acordes nominales. Spiritualized es música para escucharse desde la inocencia, dispuestos a que cualquier cosa puede surgir en la canción, aun cuando estemos escuchando, formalmente una pista creada con una sóla progresión armónica. Ladies and Gentlemen We Are Floating in the Space, tiene pocas canciones que entren en conflicto con la progresión original, es una música que trata de forma diferente, un lenguaje que es común a todos. Particularmente ese álbum, pero en sí, toda su música nos garantiza la posibilidad de maravillarnos como lo hace el hombre que se deja sustraer por un genuino acto de fe: la leyenda del suicida, con el valor de encontrarse con todo, en su más plena forma, nuevamente.

“La música es algo colectivo. Entregársela a alguien más significa alcanzar el resultado final, y esa es la mejor forma de conocer a la gente” Creando para cada uno, una visión particular de los sonidos; esto debido a que Spiritualized es ‘música que se completa en un espacio interior’”.

Al final, Spaceman me ha contado un poco sobre todas las cosas que rodean su música, en su mente, supongo, ha escuchado todo esto desde antes. Ahora sólo ha decidido compartirlo conmigo. Asimismo lo hace en cada momento cuando alguien escucha su música. Es como si Jason se encontrará ahí, vestido de astronauta, vigilado constatemente que nuestra vida siga en orden, y que todo esté saliendo bien. Él ya colaboró en este beneficio, al otorgarnos, incluso desde lejos, algo que bien podríamos conocer como totalmente nuestro. Pierce lo define de la siguiente manera: “Creo que cuando uno escucha música no se trata de que esa voz esté relacionada contigo. Esa voz que escuchas es tu propia voz.” Y tiene razón.

Post escrito por: Luis Arce

The Stone Roses @ Pepsi Center WTC

Abril 10, 2013

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Por Luis Arce (@lsfarce/// Fotos: BigIdeas (OzCorp)

“Vaya, es la primera vez en mucho tiempo que veo a gente de nuestra edad”. Pequeños grupos de entusiastas caminan para esparcirse entre Insurgentes y el Pepsi Center. Durante ese tramo, hay una fila que avanza lentamente y de forma irregular, que se nutre, mayormente, de un público treintañero.

La satisfacción de haber llegado a tiempo de algunos con la frustración ante la impuntualidad de otros da lugar a una cita involuntaria de encuentros y desencuentros cuya musicalización corre a cargo de sonidos ambulantes y la reventa disfrazada de turista. Muchas ilusiones depositadas en un mismo lugar, así como boletaje en taquilla a tan sólo una hora de que arrancara el show.

Tras un silencio ensordecedor, el reencuentro de The Stone Roses y su primera visita a México son motivo suficiente para dejar salir nuestra nostalgia: “Ojalá que toquen ‘Bye Bye Badman‘” “¿Crees que se me haga escuchar ‘Elephant Stone‘ en vivo?”, suceden apuestas y recurrentes especulaciones sobre el setlist. Se apagan las luces y con ellas el tiempo de espera que inició para muchos, en agosto de 1996, cuando los mancunians del sonido Madchester se desintegraron.

En el fondo se distingue un escenario lejano, brumoso, iluminado con un rojo intenso. John, Reni, Mani e Ian reunidos al fin. Entre claroscuros, la agrupación nos lanza el primer anzuelo: “I Wanna Be Adored”. Escueto saludo, sin lugar a dudas. A estas alturas de la noche podría pasar desapercibido cual parpadeo. Las primeras ovaciones ocurren casi por inercia, aplaudiendo una versión desangelada de “Mersey Paradise”, hilvanada a los primeros acordes de “(Song For My) Sugar Spun Sister” y la siempre-encantadora-e-imperdible “Sally Cinamon”.

Como es costumbre, el pronóstico del clima se había equivocado. Uno de los shows más esperados en lo que va del año se conserva en la línea de una puesta en escena. Un setlist inalterable, interpretado prácticamente desde que arrancó la gira, no deja espacio para la imaginación, y tristemente barre con todo sentido de añoranza. Una a una las canciones avanzan sin cambio en el orden, y en última instancia, sin cambio en la emoción de interpretarlas. Las canciones se vieron más alteradas por las fallas en el audio que por una noción de show, a sabiendas de que éste no era el enésimo concierto en alguna ciudad británica, incluso europea, sino el primero en México.

Fools Gold“, me parece, a pesar de su poderoso bajo, una especie de intermedio. “El momento ideal para hacer una fila de conga hacia el baño y buscar el refill de cerveza”. A punto de pasar sin pena ni gloria, John Squire nos ofrece una de las versiones más energéticas de la velada, blandiendo su guitarra hacia arriba, se ilumina por detrás mediante halos de una luz amarillenta y anaranjada. Es una imagen memorable, es por mucho el momento más álgido del concierto.

Una pareja se abraza junto a un espectáculo alterno a la ejecución de “Ten Storey”: un chico que baila –quiero escribir convulsiona, pero la realidad involucra estupefacientes, una ingesta dramática de estupefacientes, poseído más por la potencia del sonido que por la ejecución. Un amigo me comenta que el simple hecho de prestarle atención a la audiencia ya implica desatención a la agrupación que está arriba. Es triste saberlo, pero mejor ahora que nunca.
¡Bang bang, bang bang! “Where the Angels Play” pasa casi tan desapercibida como “Don’t Stop” (ese guiño frenético al sonido emitido por la licuadora cuando metes la cabeza cada mañana) después de haber sonado la deliciosa “Waterfall”. Y es que, ¿qué puedes esperar cuando después de levantar la mano varias veces para señalar que han de subir el volumen unos cuantos niveles a la voz y otros tantos a la batería, lo único que obtienes es una ecualización mediocre en un irremediable lugar con una acústica desastrosa? Saltar, recordar, la versión de estudio que mantienes en la cabeza y tratar de imaginar, qué sería de todo esto, si acaso hubiese sucedido de otra manera. Afortunadamente, “Made of Stone” conlleva más ánimo y una ejecución más entusiasta, lo mismo ocurre con la emblemática “This is The One” y la contagiosa “Love Spreads”.

El Entierro de Cristo de Caravaggio en el pecho de Brown resalta junto con su rostro anguloso en el escenario y recorre las proyecciones asincrónicas y borrosas de las horribles televisiones de plasma, colocadas ahí para complementar el escenario diminuto, configurando una escena casi barroca sin precedentes. Una sensación de extrañamiento con cierto aire fascinante.

De pronto, nos toca pensar: “Esta es la versión más insípida de ‘She Bangs the Drums’ en la historia”. Triste. Seguida por la más animosa, “I Am The Resurrection” traza otro altibajo en la gráfica mental. De la misma forma, torpe, pero encantadora, Ian comienza a lanzar flores, copias del setlist y cascabeles.

La colorida colección de bajos de un Mani medio desencajado, el escuadrón de delicadas guitarras de un John Squire siempre discreto y virtuoso, el manjar de percusiones de un Reni sonriente, más un Ian de gesto cansado recorriendo los escenarios con lo que hemos decidido llamar “Manchester walking”, conforman los ingrediente de una receta que no falla debido a la nostalgia que produce. Esa nostalgia, disfrazada de emoción en juego de luces y sombras es probablemente la única imagen que conservaremos en la memoria. Un buen día, alguien contará todo esto, y reirá, afirmando con gusto, que atendió a un histórico desastre.

Post escrito por: Luis Arce

Reseña: Youth Lagoon /// Wondrous Bughouse

Marzo 25, 2013

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Wondrous Bughouse
8.3
Arts & Crafts

Por Luis Arce (@lsfarce)

Extrañamente, la vida respira de una alegría y una fragancia melancólica tan certera que anula cualquier intento por mirarla con extrañamiento durante un prolongado periodo de tiempo. No importa lo que suceda en nuestro interior, la respuesta de ese afuera exagerado y siempre terriblemente ajeno, corresponde a una sola idea: ciertas cosas nos hacen pensar que no todo marcha tan mal.

La realidad involucra para Trevor Powers pesadillas que se abren a disposición de la mente, agujeros in nitamente humanos donde cavar y cavar no facilitará la tarea de ser, en plenitud, una persona “realizada” –si es que el término es permisible bajo cualquier precepto humano. Muchas cosas cambiaron en la vida de Trevor Powers durante el último año. Dejó de ser el muchacho que vino de un pueblo solitario en San Diego, California armado únicamente con su intimidad y su capacidad para contar historias. También su música se transformó: salió de los recintos donde, compuesta, permanecía segura, casi bajo llave, acaso revelada por una tímida página en internet a convertirse en un Best New Music de Pitchfork y uno de los álbumes más aclamados de 2011. Él mismo, su persona, tuvo que enfrentar desafíos demasiado serios para un ser humano, como encontrarse, de pronto, frente a otros seres humanos, que esperaban de su historia una respuesta para problemas personalmente irresolubles.

Los cambios son notorios: la producción está mejorada, el rastro de los acordes que golpean el piano sacude la melodía por completo en lugar de sólo dejarse llevar por ella, y la entera naturaleza del álbum ya no formaliza emociones sino que las presenta de tal forma que podamos descubrir algo distinto en ellas. Algo nuestro.

Esta vez la historia comienza con una visión más abierta del estudio y el álbum como totalidad, ya no tratamos con estampas de un memoria, sino con la memoria, que afortunadamente, encuentra un lugar en sí para cada estampa. Por supuesto, Powers es todavía un gran narrador, e incluso es capaz de hacernos ver los fantasmas que él mira con claridad. Durante “Sleep Paralysis”, Powers relata la sorpresa de averiguar una gura –tal vez humana, divisada a los lejos sobre un lago donde alguien, una pesadilla, una ella, se ahogó. Esta imagen es reforzada por la música hasta una proporción magni cada de lo que vemos a través de su lente. Como despertando del sueño, la melodía se torna más agresiva y poderosa; sin embargo retiene el velo que imposibilita entrar de lleno en la canción. El significado de piezas tan íntimas no es algo que se escarbe en la continuidad del intelecto, refiere, en cambio a una sensibilidad propia que prefiere construir un castillo antes de encontrar un tesoro.

Así, la imaginación de Powers, atinada con una emotividad intelectual y consciente de su labor como músico; tiene en pistas como “Attic Doctor” y “Dropla” muestras de una maduración plena en cuanto a forma de trabajo y deslumbramiento del mundo se re ere. Esa imaginación aún es pequeña, constreñida por pesadillas y diversos momentos de lucidez que obligan al compositor a crear para no olvidar y a renovarse porque la vida misma ha cambiado.

Aunque algunos podrán argumentar que este álbum ha perdido la pista de la recóndita personalidad de Powers, y tal vez no se sientan tan identificados como se sintieron con The Year of Hibernation, no puede negarse que ya son pocos los casos de personas que apuestan por lo dulce, o por lo amargo que existe en las temáticas frágiles. Y más pocos aún, lo hacen tan bien como Trevor, quien realmente no ha superado sus fantasmas, pero ha descubierto que el mundo es un lugar apacible y armónico, si decide quedarse con ellos.

Escucha: Youth Lagoon /// Mute

Video: Youth Lagoon /// Dropla

Post escrito por: Luis Arce

Andrew Bird @ Auditorio BlackBerry

Marzo 4, 2013

Andrew Bird

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Torreblanca

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Por Luis Arce /// Fotos: Roja (Claudia Ochoa)

En lo que refiere a Andrew Bird como violinista, sólo podemos asegurar que se trata de un intérprete cuya singularidad ocupa un lugar legítimo en los recuerdos y emociones de los que se reúnen ahora en el Auditorio BlackBerry para escucharlo. “Hole” implica, por ejemplo, una ejecución difícil de olvidar; ahonda en diversos recursos y demuestra la cantidad de registros estilísticos que domina el artista. No es un intelectual del instrumento, pero conoce los tonos que harán de su presentación una estampa imborrable.

En lo que refiere a Andrew Bird como performer, es un tipo agradable, pero un poco miedoso. Pocos son los atrevimientos que realiza, y, puedo asegurarlo, es muy probable que él prefiera realizar esta clase de presentaciones en lugares más privados, más cercano al ideal de comunicarse el uno con el otro en habitaciones cerradas. Aquí, no. Aquí sólo ruido. Frecuencias de voces, tintineos de vasos que saludan otros vasos, y vasos, menos afortunados, que golpean el suelo dejando escapar el crujir atronador de un cristal que revienta contra un Line 6 DL4 Delay/Looper. Ciertamente existe eso; pero a la par se desarrolla una emoción tan natural que resulta imposible desatender el frenesí de gritos, suspiros, saltos y hasta bailes que ocasionalmente animan esto más de lo que el artista podría esperar.

Sin embargo, el entusiasmo se define por su posibilidad de contagio, por la virtud de emocionarse hasta el grado donde podemos producir más emociones y no preocuparnos demasiado por mantener la postura. Si se conduce a un concierto, o por lo menos, al ánimo de un concierto bajo los estamentos de la postura, y no los de la emoción, la imposibilidad de expresar algo novedoso marcará el resto del espectáculo. En lo que refiere a eso, Andrew Bird, lo hizo muy bien; como un buen ejecutante al que no se le escapa una sola nota. Es una lástima que eso ya no sea suficiente.

En lo que refiere a Andrew, como persona, aún se considera incapaz de mostrar y dar a conocer, lo que podría hacer en vivo, si tan sólo reconociera que su materia no es la inteligencia sino la emoción. Es música melódica, de atinados arreglos, y texturas de voz que podríamos entender como “comerciales”. Teniendo eso en cuenta, ¿por qué no respetarlo? Andrew Bird, tiene la fantástica habilidad de conducir a las personas por estados mentales llenas de sentimiento y parajes musicales en los que suprimir el factor sublime constituiría un error imperdonable. Sin embargo sucede. Sucede tanto que atravieso por momentos cierta dificultad para atender a la música, pues, en última instancia es una representación demasiado cuidada, aun cuando la música debajo exige cierta explosión, cierto –odio utilizar esta palabra– descontrol.

Como ustedes, imparciales lectores, habrán ya adivinado; no soy fan de Bird. No pretendo serlo. Lo reconozco, es demasiado bueno en lo que hace. Buen intérprete, buen compositor, y creador de tres álbumes sobresalientes al comienzo de su carrera. Sin embargo, aquello debería ser suficiente para mantener en vivo la libertad que hace de sus composiciones un buen lugar para estar, debería ser suficiente para compartir tanto los silencios como los alaridos con él, y, finalmente, eso debería ser suficiente para dar un concierto de la talla que involucra la venta de sus boletos, para los fanáticos, espero lo haya sido; yo, tristemente, pasé de largo. Me quedó con “Darkmatter”, cuya interpretación resultó, simplemente, soberbia.

Entrevista /// Andrew Bird

Post escrito por: Luis Arce

Reseña: Foxygen /// We Are the 21st Century Ambassadors of Peace & Magic

Enero 31, 2013

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We Are the 21st Century Ambassadors of Peace & Magic
Jagjaguwar
7.6

Por Luis Arce (@lsfarce)

El álbum debut de Foxygen viene precedido por el lanzamiento de Take the Kids Out Off Broadway, un EP que dejaba sentadas las intenciones de la banda: transformar la libertad del rock & roll en una dicha que sólo es precedida por sus influencias. Pero así no comienza esta historia.

Tras descubrir que Anton Newcombe (The Brian Jonestown Massacre) era capaz de tocar más de 75 instrumentos, Sam France y Jonathan Rado, dos muchachos de Los Ángeles, decidieron que debían formar una agrupación y aprender a tocar todos los instrumentos que les fuese posible. La única guía, en la selección de instrumentos, era el rock & roll. Xilófonos, todo tipo de pianos, guitarras –desde luego, batería, bajo, sintetizadores, panderetas, maracas, y prácticamente todo instrumento que tenga un lugar primordial en algún momento de la historia de la música popular. Aunque suene ridículo, creo que este es buen lugar para comenzar esta historia. Foxygen se caracteriza por seguir a pie de letra cada una de las verdades fundamentales que ha revelado el rock asumido como estilo de familiaridad compositiva. La música americana, y anteriormente la inglesa dotaron al género de una consistencia inasequible para cualquiera que ignorara la existencia de un canon rockero grandilocuente y accesible, por igual. De este canon extrae Foxygen cada segundo de Ambassadors.

Tanto influencias, como apropiaciones e imitaciones están presentes aquí. Uno podría recorrer con los dedos los sonidos que conservan el imaginario producido por una alternativa Beatle, los momentos de sinceridad lírica parecidos a los de Bob Dylan, Bowie y Lou Reed; o alternar con el paralelismo tan extraordinariamente logrado entre The Rolling Stones y algunas agrupaciones surgidas en el colectivo Elephant 6. Al respecto, podemos afirmar que para una agrupación que recrea ante todo una simbiosis de las grandes épocas del rock, un álbum que, aparentemente, ha viajado hasta aquí desde un pasado remoto, es un acierto incuestionable.

Quizás nos resulte agradable contemplar el álbum hasta esas fronteras –bastaría para cualquiera, porque en esas fronteras –las de significados pequeños y accesibles, Foxygen tiene una de sus mejores cartas; tal vez no mejor que su EP, pero buena de todas formas. Sin embargo, entrar un poco más en Ambassadors no derriba el teatro de propaganda que se ha realizado sobre esta agrupación; pero si nos permite colocar el álbum en un sitio mucho más coherente con sus aspiraciones.

No es grandioso, no es innovador y extrañamente, tampoco es gentil con la forma en cómo trata con la imaginación de los dos muchachos, a veces suena forzado y algunas piezas parecen extraídas de la cabeza a fuerza de una necesidad más complementaria que musical. “Oh No 2” es tan tediosa como aburrida, y qué se puede decir de ese lugar común que es “We Are The 21st Century Ambassadors of Peace and Magic”, extraña mezcla de aparatosa producción, pobre lírica y música igualmente carente de ingenio. Otro factor a considerar es la repentina pirotecnia construida en torno a la banda, que terminó por crear un mito demasiado joven y demasiado condescendiente. La lectura primigenia, incluso supone que en torno a Foxygen ya no hay mucho por venir; sólo escaleras y escaleras de promoción y hype alterado por una calidad musical, que, a diferencia de otros actos “hypeados”, estos muchachos realmente poseen.

El álbum tiene piezas efectistas, pero encantadoras dentro de toda su despreocupada concepción, “Shuggie” por ejemplo, conserva el espíritu que permitió colocar en Take the Kids Out Off Broadway, canciones de larga duración como “Teenage Alien Blues” y el único clásico, verdaderamente clásico, producido por Foxygen: “Make It Known”. Un espíritu juvenil, arriesgado, pero al mismo tiempo, consciente de la música que se encontraba produciendo. Simplemente rock & roll y por eso nos gustaba. En Ambassadors el espíritu se ha diluido bajo acuarelas y acuarelas de precipitada creación musical. Tanto France como Rado deben procurar cuidar en la medida de los posible ese aspecto; porque, no importando la inflación mediática, la música persiste siempre y cuando se le escucha con atención.

En última instancia, Ambassadors no tolera ese proceso de comprensión. Los puntos buenos del álbum, son en verdad brillantes; pero los puntos malos son frecuentes y aburridos. Habrá que esperar y reflexionar sobre la relevancia de este álbum como proceso de maduración. Puesto Foxygen tiene la imaginación y la devoción por la música, para lograr un álbum que desprenda en cada segundo, tanto las influencias como la actualización de su cumplimiento. Éste es bueno, muy bueno; pero no es el caso.

Video: Foxygen /// Shuggie

Video: Foxygen /// San Francisco

Post escrito por: Luis Arce

Dirty Projectors @ Auditorio BlackBerry

Diciembre 7, 2012

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Por Luis Arce (@lsfarce) /// Fotos: BigIdeas (OzCorp)

Hablamos de una banda con pocos fanáticos de verdad en México, hablamos de un jueves en la noche en un recinto relativamente grande; hablamos también de un riesgo extraordinariamente estúpido, hablamos también de una banda abridora sobre la cual no pienso hablar. El riesgo, es, este sentido realizar una apuesta en la que sabes que venderás la mitad de los boletos, y que la mitad de estos, serán, en realidad acreditaciones. ¿Entonces, por qué hacerlo? No lo sabemos. Pero 2Abejas ha probado una vez más que lo realmente importante de un concierto, no es la cantidad de asistentes, sino que estos asistentes, sean las personas indicadas.

Para el asunto no existe nada mejor que Dirty Projectors. La prueba más clara para entender por qué la música, incluso en vivo, se escucha desde cierto espacio de intimidad. Para Dave, Amber, Haley, Nat, Olga y Michael esta es la clausura de su gira, esta es la clase de intimidad que ansían ver en cada concierto. La música de Dirty Projectors, sobre todo aquella contenida dentro de Swing Lo Magellan no es una música que pueda pensarse para una gran cantidad de asistentes. Es música para crear emociones muy discretas, un sistema que vuelve a la canciones casi corazonadas.

“Are you ready?”, pregunta Longstreth antes de comenzar con “Swing Lo Magellan”, y encantar el BlackBerry con acordes bailables, cuyas notas no tiene desperdicio en el pequeño universo que representa esta canción. Inevitablemente, las personas al escuchar y sentir estos acordes, no bailan, sólo se balancean. Es un movimiento cálido, pero a la vez lleno de agrado por estar donde se está ahora, y ese es el mejor sentimiento que puede generar un concierto.

Claramente el público tiene algo de miopía ante los complejos ritmos de la banda, muchas canciones se salen del convencional cuatro cuartos, muchas vocales son tan atinadas que el auditorio no resuena, no guarda un resquicio de reverb en su sonido.

Con un set dedicado por completo a la promoción de Swing, los Dirty Projectors culminan su gira en nuestra ciudad, culminan un episodio lleno de maravillosas melodías como “Dance for You”, “About to Die” o “Gun has no Trigger”. Haría falta mencionar el hechizo extraño de esta banda, ya no es sólo Amber durante “The Socialites”, en todo el setlist encontramos la emoción de un golpe directo a lo que consideramos estado de tranquilidad. Es emocionante saber que estas personas, pequeños grupos de amigos aislados que se saben perfectamente la letra de una o dos canciones, pero amablemente disfrutan de cada una de ellas.

Al final, basta descubrir que no existe nada mejor para cambiar la percepción que tenemos sobre un concierto, que apostando y arriesgado hacia algo diferente. Dirty Projectors fue diferente, fue un episodio que pocos habrán de rescatar de sus recuerdos, para afirmar después: Realmente estuve ahí, ese jueves, con esa banda, con esa versión de “Useful Chamber”, con este final de “Impregnable Question”.

Setlist
Swing Lo Magellan
Offspring Are Blank
Cannibal Resource
The Socialites
Wittenberg IV
Dance for You
No Intention
See What She Seeing
About to Die
Gun Has No Trigger
Just From Chevron
Useful Chamber
Encore
Rise Above
Stillness is the Move
Impregnable Question

Post escrito por: Luis Arce

Dead Can Dance @ Plaza Condesa

Noviembre 28, 2012

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Por Luis Arce (@lsfarce) /// Fotos: BigIdeas (OzCorp)

Sería fácil hallar las consecuencias de una visita tan inesperada como la de Dead Can Dance. Recreación de las expectativas en torno al lanzamiento de Anastasis, reintegración de DCD en el grupo de bandas esenciales que debían ser vistas este año y una búsqueda intempestiva de varias personas por hallar los pedazos más oscurecidos de su adolescencia, ya en forma de cadenas, ya en forma de ropita dark.

No hay otro remedio contra esto, excepto atender a Dead Can Dance como una agrupación que se constituye más allá de las etiquetas que generalmente le designan. Por supuesto, existe una creatividad muy afincada en los estilos que DCD ejecuta, pero es el componente menor de lo que vemos sobre el escenario. El estilo, aunque cuidado, es sólo una herramienta sedentaria para instrumentaciones plenamente nómadas.

Como su instrumentación o melodías, la música de DCD emigra con severa libertad por un escenario y un público poco preparado para esta clase de puesta en escena. Aunque gran parte de la audiencia estuviera dispuesta a escuchar con diligencia, lo que sucedió anoche fue las dos cosas: una escenificación más o menos predecible en torno a Anastasis y un espectáculo como ningún otro. Nadie lo esperaba.

En principio, muchos pudieron encontrarse sorprendidos por un Plaza, que no sólo tenía sillas, sino que tenía filas numeradas y asientos reservados. Un verdadero extraño, pensarán los incautos. Pero en el caso de DCD, desde el momento de ingreso al recinto, El Plaza ya estaba convertido en el escenario ideal para el evento por ocurrir. Suponer que los asientos, organizados y dispuestos bajo el acuerdo que significa un pacto con el escucha, estaban ahí para evitar la algarabía, es también un equívoco, lo asientos estaban ahí para hacer algo que pocos conciertos logran en nuestra acostumbrada ecuación musical en vivo. Colocar de entrada, al escucha, precisamente en ese papel. Estás aquí para escuchar, y aunque tu experiencia pueda ser tan propia como te apetezca, estás aquí para escuchar, no lo olvides.

Entonces comenzamos. Bajo el encuadre de su más reciente lanzamiento discográfico, DCD inaugura su presentación con “Children of the Sun”, la misma canción que abre Anastasis, y la pieza cuyo ritmo responde a una obviedad: estamos tratando de quebrar el espacio, porque de eso trata un concierto. Escuchamos “Rakim”, se escucha un pequeño murmullo de emoción, pero el ambiente es demasiado exhaustivo y prominente como para permitir a las personas estallar en alaridos. Esas emociones se guardan, porque la tensión consiste en el uso que un artista haga del espacio que lo rodea.

DCD tiene algo de diabólico, algo de angelical, algo de Sumatra, un poco de este lado de oriente y otro tanto de diversas influencias cuya mezcla es supremamente exitosa. Incluso podríamos afirmar que DCD son mucho mejores en vivo de lo que jamás lo serán dentro de un estudio. Su terreno es el espacio, la onda que se expande contraída personalmente por cada asistente al concierto, donde todo está retenido, consistentemente retenido, para explotar con prepotencia ante la cara de los asistentes. DCD tiene algo de acústica metafísica, algo de armonía mineralizada, algo de espacial y algo más de estratósfera. Eso, prácticamente el espacio entre las voces de Lisa Gerard y Brendan Perry, el que se escucha silenciosamente en “Return of the She-King” o “Nierika”. Dicho espacio, el que hay entre nosotros, es donde la música sucede.

Post escrito por: Luis Arce

Robert Plant @ Auditorio Nacional

Noviembre 13, 2012

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Por Luis Arce (@lsfarce) /// Fotos: Fernando Aceves, Cortesía OCESA.

Lo único realmente franco que sucede a esta hora en un lugar así es el flujo de gente, resulta imposible detenerlos. Chocan, empujan, corren, los más sensatos caminan, pero van deprisa. Sus actitudes implican cierta emoción que en otro sentido sería imposible comprender. Están aquí porque están emocionados.

Led Zeppelin es una ilusión. De alguna manera, la mítica figura de la agrupación alimenta no sólo las expectativas, sino la intuición de la gente en torno al evento que está por suceder. Led Zeppelin se ha convertido en un suceso parecido a una marca de agua para todos sus integrantes, y muy en el fondo, para cualquiera que haya escogido el rock & roll como su nicho y guarida. Son una leyenda, y por lo tanto Robert lo es también. Finalmente, una vez que conquistaste el mundo, eres desde siempre el heredero directo, de todo lo que provenga de él. “The Ocean”, una fantástica canción de Zeppelin trata ese tema.

Todas las circunstancias que rodearon la visita de Robert Plant a la ciudad de México parecían gestionadas por el deseo de ver como se consuma una leyenda. Plant es la clase de hombre, la clase de acto y la clase de músico que ocurre una vez al siglo, esa es su pequeña gran particularidad. Bastaría verlo allí, sobre el escenario, recorriendo con raquíticos pasos de algo que podríamos llamar baile, la superficie sobre la cual se extiende, además de su imponente presencia, dos guitarras, una batería, sintetizadores y un bajo: la clásica instrumentación que utilizaría un grupo de rock.
Eso, rock, es precisamente lo que escuchamos en el setlist de Robert, pistas propias como “Another Tribe” o la melódica “All the King’s Horses”, donde la voz de Plant navegó el Auditorio Nacional con una calidez aparentemente fantasmal. Es difícil no sentirse rodeado por esa paciencia al interpretar, aunque le cueste un poco de trabajo dar ciertos agudos, aunque su graves decanten la historia de un gigante.
Si acaso se lo preguntan, sí, hubo Zeppelin, hubo bastante Zeppelin: “Friends”, “Ramble On”, “Four Sticks”, “Whole Lotta Love”, “Rock and Roll”, etc.

Sin embargo, y contra los sentimientos encontrados durante el coro de “Whole Lotta Love” y el baile acomplejado por lo apretado de los asientos en “Rock & Roll” escogeré “Going to California”, como el momento definitivo de la noche (por lo menos mi noche). Plant, acompañado de dos virtuosos guitarristas (uno en la mandolina) recrea un momento histórico con sapiencia y valor, la muestra clara de que los años en la música no suceden, porque la canción después de todo, sigue siendo la misma.
Noches como estas suelen recordarnos que la vitalidad de los grandes músicos es algo que no envejece. Son figura únicas, tal vez no al grado de misticismo en el que algunos los sostienen; pero humanos, leyendas precisamente por eso. Leyendas que conservan en sí todo el imaginario de un grato recuerdo. Después de todo, ha sido un largo y solitario rato desde el rock & roll, por eso, nunca está mal recordarlo.

Post escrito por: Luis Arce