Sala de espera: Chichis pa’ la banda

March 22, 2017

Foto Óscar Villanueva

Sala de espera:
Chichis pa’ la banda

Why can’t I walk down a street free of suggestion?
Is my body the only trait in the eye’s of men?
I’ve got some skin
You want to look in there?

Fugazi “Suggestion

Por Maza @ideasldelmaza

No me gustaría parecer oportunista (o subirme al tren del mame), y aunque quiero escribir sobre colores y dibujos, el caso del piropo = acoso a Tamara de Anda me recordó los “bonitos” gestos que ocurren entre el público masculino en los conciertos y que no dudo hayan ocurrido este fin de semana en el Vive Latino.

Así va la película:

Exterior día. Un concierto con una considerable cantidad de público.

Escena 1
Sale conocida cantante al escenario. Entre los aplausos se escucha una serie de silbidos (que denominaremos de mamaseo) por todos conocidos. También se escucha uno que otro sonido como para llamar a un perro. Un perdido y aislado grito dice: “Guapa”. No pasa nada. Luego otro: “Te hago un hijo”. En la multitud unos caballeros ríen haciéndole segunda al ocurrente personaje.

Escena 2
Previo a que salga nuestra banda favorita (recordemos, todos hombres).
De entre la manada sudorosa una chica se sube en los hombros de su novio (todos creen que es su novio. ¿Por qué iba a ir sola a un concierto?). La gente comienza a gritar para que se baje. Entre las palabras de molestia e insultos varios (“bájate, gorda”, “la carne de burro no es transparente”, entre otras bellezas) comienza un rumor en la distancia: “Chiiiichis, chiiichis, chiiiichis”. Cuando son varios los colegas que se hacen los graciosos, alguien cambia el cantico de guerra por uno más “sabrosón”: “Chichis pa’ la banda, chichis pa la banda”. Esta tonadita llama más la atención y unos caballeros ríen haciéndole segunda al ocurrente personaje.

Escena 3
El sol es inclemente. Sale la bajista (siempre es bajista o tecladista, ¿verdad?) de la banda y comienza a conectar su instrumento. Por comodidad se quita la chamarra debajo de la cual lleva una playera blanca normal. De entre las primeras filas se escucha silbidos de mamaseo y en in crescendo: “!Pelos!, !Pelos!, !Pelos!, !Pelos!”. Unos caballeros ríen haciéndole segunda al ocurrente personaje.

Créditos
“La culpa no la tiene el macho sino quien lo hace compadre”

Desafortunadamente esta película la llevo viendo desde que comencé a ir a los masivos a finales de los noventa. Pero nunca ha habido quejas de nadie. Nosotros los que no gritamos tampoco exigimos que no se haga. El pasivo también es culpable. Las de arriba no se quejan, las y los de abajo tampoco hacemos mucho. Alguna cara de reprobación, o una frase despectiva como: “Seguro son los nacos” ¿Cómo no quitarle el derecho a la masa masculina a comentar el físico de las mujeres? ¿Cómo hacerlo si es idiosincrasia nacional, es tradición, es picardía? Si no quieren que les digamos algo para qué suben.

Es una exageración. Es libertad de expresión, dirán. Parece que en la naturaleza masculina está escrito que las mujeres deben de aguantar todas nuestras “simpáticas ocurrencias”. Parece que somos superiores a ellas y que nuestra voz tiene que ser memoria y presencia. Al fin que mientras sean palabras es una nimiedad, es “tú ya me entiendes, una forma de hablar”. No puedo decir que jamás fui el compadre (no me cansaré de pedir disculpas), pero entendí hace mucho que la cosificación de la mujer comienza por el lenguaje, por una interjección, por un “puta”.

Les cuento dos anécdotas. A los 16 años fui a un festival con C. (una amiga un poco mayor que yo, con su look punk de Azcapo; la describo para que entiendan el contexto). Durante los dos días del festival la película que les contaba fue proyectada en repetidas ocasiones. Cuando iba a comenzar Resorte nos metimos mosh y como pudimos llegamos casi a la valla. Con los primeros guitarrazos el slam noventero de la capital se puso rudo y C. se perdió. En previsión habíamos quedado en un puesto al final. Al llegar, veo que C. tiene cara de haber llorado y me explica que la han “manoseado bien culero”. Evidentemente no supe reaccionar. Nos fuimos del festival. ¿Cómo hacer algo? Así es la gente de culera.

Varios años después, en el concierto de Morrissey en el Palacio, escenas parecidas resultado distinto. Mi pareja de ese momento y yo llegamos hasta adelante. En el slam alguien la manosea con alevosía, ventaja y mucha lujuria; ella reacciona, tal vez no de la mejor manera pero sí instintivamente, exigiendo e imponiendo respeto: tremendo madrazo se llevó el manolarga. Dentro del desmadre de “Panic” tratamos de encontrar al sujeto para confrontarlo pero la alegría y complacencia de la multitud jugaron a su favor. El concierto para una pareja de fans de Moz fue arruinado por un macho cobarde. ¿Por qué cuento esto? Por el diálogo que tuvimos después. Ya en el coche me dice enojada, con razón, algo como: “No entiendo por qué creen que somos de su propiedad. Ya está de la chingada que te griten en la calle, como para que también te manoseen en un concierto y nadie haga nada: luego les pegas y se ponen piteros”.

Haré un apunte de admiración. J. es una mujer que desde que la conozco siempre ha confrontando a todos los que le decían algún “piropo bonito” en la calle. Está convencida, y la secundo, de que el silencio es el peor de los males. Es por esta resistencia que su molestia sigue resonando hasta hoy. No es un derecho decir “cosas lindas”, no es libertad de expresión enunciar nuestro deseo “bien infundado” (seguro le gustas, carnal), no estás expresando un valor agregado a su música. No es caballeroso, ni chistoso. Tu opinión lasciva de mierda no les interesa, y francamente a los de tu costado tampoco. No existimos en sus vidas como para demandar su atención y así está bien.

¿Y todo este choro viene a razón de qué? Simple y triste: una gran parte de los que se le han ido al cuello a Tamara, bajo la protección de la cybermultitud, creen que las palabras carecen de importancia. Que no pasa nada por decirle a alguien “guapa”; que no pasa nada por gritarle en broma, siempre en broma: “Te hago un hijo”, o “mamacita”, o “pelos”, o “chichis pa’ la banda”, o “puto”. No pasa nada, chavos. Envalentonarse empieza con el uso de la hegemonía verbal.

Tal vez “guapa” no sea (seguro y lamentable que no) lo peor que les han dicho o les dirán; pero por qué esperar a que sea el detonador de la ira cuando ellas no tiene que soportar ni siquiera un “hola” si no les apetece. ¿Por qué proyectar nuestro deseo de posesión consciente o no? ¿Por qué esperar que del “guapa” se pase a la mano en la multitud en un concierto, y de la mano a en la multitud a un manoseo en la calle? ¿A cuántas no habrán mamaseado y manoseado, solas o con amigas, con y sin pareja, en el slam o sólo viendo de lejos? Tristemente estas prácticas de acoso (las cosas por su nombre) siguen ocurriendo, no es cosa de los noventa; es pan de todos los días. Pero tranquilos. No pasa nada. Sólo son unas pocas resentidas las que se han sentido acosadas (8 de cada 10). Tranquilos, como todos sabemos la misoginia no empieza con unas “palabras cotorras” en un concierto (o en la calle); empieza con una mujer golpeada. El resto es cosa de mujeres.

Y porque siempre es bonito acabar con alegría, le dejo una caricatura de Mellanie Gillam (traducción abajo).

¿Deberías molestar a una chica guapa en la cafería? Una guía útil para hombres e idiotas.

¿No hay contacto visual? /No// ¿Audífonos?/ No // ¿Trabajando?/ No // ¿Te está dando la espalda?/ No// Sólo quieres decirle que genial le queda ese vestido/ No//

Está sujetando un cartel que dice “Por favor, desconocido, moléstame” // Bien. Introdúcete, tú mismo.

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Post escrito por: Maza

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