Especial: La música en las películas de Paul Thomas Anderson

April 24, 2015

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Imagen redbubble.com

SEXO, COVERS Y ROCK & ROLL
La música en las películas de Paul Thomas Anderson

Por Iván Lechuga @ilechuga

La carrera cinematográfica del aclamado director y escritor norteamericano, Paul Thomas Anderson, ha sido ecléctica a lo largo de siete largometrajes y la música que ha decidido emplear para resaltar algunas partes importantes de sus narrativas no se ha quedado atrás. Inspirado en el cine de Martin Scorsese, quien desde Mean Streets ya utilizaba a la canción popular (principalmente el Rock) como parte fundamental de sus películas, Anderson ha ido cambiando su gusto musical en sus soundtracks a la par que ha ido evolucionando en su estilo cinemático.

Seguramente recuerdas el caos y la anarquía audiovisual que fue Boogie Nights en cuanto a edición, ritmo y manejo de cámaras, un viaje desenfrenado por los trechos siniestros de la industria pornográfica de Los Ángeles que lo hacían sentir a uno que también se había aventado unas líneas con Dirk Diggler y compañía. Comparando esto a sus últimos trabajos como el gusto clásico en The Master, con sus tomas serenas y planos simétricos, se antoja pensar por un segundo que se está degustando el trabajo de un cineasta completamente diferente, literalmente, de otra persona.

La diferencia en la música utilizada en estas diferentes etapas del director es igualmente notoria. El soundtrack de Boogie Nights es más que nada un compendio de canciones que van marcando las pautas de las escenas, recordamos la efectiva utilización de “God Only Knows” de los Beach Boys durante uno de los montajes finales, lavando de cualquier impureza el pasado truculento del grupo de personajes y dejando por un momento un sentimiento de esperanza en el aire. “Livin’ Thing” de Electric Light Orchestra le trae un cierre memorable al filme, grabando en nuestra memoria los últimos momentos del personaje principal, venido a menos, varios años después de su época dorada, cuando esta canción era el hit; Anderson tuvo problemas para convencer al compositor de esta última rola, Jeff Lynne, para que le dejara incluirla en su película, debido a la temática de la misma y el relativamente poco peso que tenía el director dentro del mundo del entretenimiento en aquel entonces, algo que no sería un problema con el paso del tiempo.

En el otro extremo, The Master utiliza como fondo sonoro un espeso caldo de arreglos orquestales mejor adecuados a la cinematografía contemplativa del Anderson de esta época. Muchos directores de cine buscan cómplices dentro de la industria que les ayuden a maximizar su visión artística; las relaciones más prominentes llegan a ser entre directores y actores, como John Ford y John Wayne, Kurosawa y Toshiro Mifune, Scorsese antes con De Niro y ahora con DiCaprio, Truffaut y Jean-Pierre Léaud, Godard y Belmondo; pero también surgen lazos artísticos entre directores y otro tipo de colaboradores, como entre Anderson y Jonny Greenwood, el compositor de la música incidental en los últimos tres proyectos del director.

Un aficionado del trabajo de Greenwood, principalmente su música experimental fuera de Radiohead y de su utilización de tanto tecnología como instrumentos poco convencionales como el ondes martenot, Anderson al parecer finalmente encontró en Greenwood al cómplice que le puede confiar (casi) completamente el aspecto de la música, o quizás PTA simplemente le ha encontrado el gusto a delegar. The Master es casi en su totalidad música original de Greenwood (quién la grabó en Abbey Road); música repleta de percusión, casi tribal, mientras el personaje de Joaquin Phoenix se encuentra solo, perdido, sin su amo, cual animal salvaje; y que después pasa a las sinfonías empalagosas de programa clásico de radio cuando encuentra refugio bajo el ala de su master (Philip Seymour Hoffman). Las rolas escogidas personalmente por Anderson para esta película ya son muy contadas, canciones de aquella época cincuentera en donde se basa la trama, como por ejemplo “Get Thee Behind Me Satan” de Ella Fitzgerald.

Cabe mencionar que haciendo un poco de investigación, para sorpresa de nadie Paul Thomas Anderson es un declarado fanático de la música. Escucha principalmente el radio satelital Sirius XM y el radio local de Los Ángeles, aunque estoy seguro que para su desgracia ya no más a Indie 103.1 FM, la cual fue convertida en estación de Top 40 hace pocos años, una tendencia en EUA. por convertir a la música por frecuencia modulada en una masa genérica aburrida. Sus gustos varían de los hits de antaño, a la música independiente, a la música clásica. Siempre he pensado que los mejores directores de cine, o al menos el cine que mejor encaja con mis gustos, es elaborado por melómanos y hasta músicos frustrados, como se auto-califica nuestro estimado Alejandro González Iñárritu. Anderson es de aquellos melómanos que no tiene miedo en insertar una rola súper cursi en un momento importante de su película, como “Goodbye Stranger” de Supertramp en una escena de Magnolia, si él siente que el sonido le sienta bien al ritmo de la escena, independientemente de la letra.

Y como cualquier melómano, siempre tiene una eterna curiosidad, y hasta preocupación, por lo que aún no ha escuchado. Es su costumbre también acudir a una tienda de discos durante su proceso de escribir el guion y casi con los ojos cerrados escoger un disco al azar de entre los estantes, a ver si encuentra nuevos sonidos que encajen en su texto, o que lo inspiren a tomar otro camino con la pluma.

También ayuda que ha estado rodeado de verdaderos músicos profesionales durante su carrera, como su ex, Fiona Apple, a quién le dirigió algunos videos musicales (algo raro para PTA, pero que es bienvenido), el más conocido quizás aquel que acompañaba al coverAcross The Universe” de los Beatles y parte del soundtrack de Pleasantville de Gary Ross. Anderson también se aprovecha de su relación con otros amigos músicos de la talla como Jon Brion, con quien trabajó muy de cerca para el soundtrack de Punch-Drunk Love, un interesante puente entre el final del principio de su carrera, Magnolia, y el inicio de esta etapa de Anderson que vivimos, que empezó con There Will Be Blood.

En Punch-Drunk Love (2002) también vimos los primeros pasos de Adam Sandler como actor dramático, pero sin poder despegarse completamente de sus dotes como cómico, lo que sin lugar a dudas fue la intención de PTA por brindarle a esta película de romance, y hasta de suspenso por momentos, sus matices más cómicos. Para este filme, Anderson ya se encontraba fascinado por los sonidos “raros” y fuera de lo común, e insistió en construir la música incidental en torno al armonio, pequeño piano operado por una bomba de aire al estilo del acordeón. Trabajando de la mano con Brion, priorizó el ritmo de la música para que fuera completamente compatible con el ritmo de las escenas y de las actuaciones, dejando que Brion fuera componiendo la música conforme avanzaba la filmación, en lugar de que se diera antes de empezar a filmar o después.

Repleto de percusión esquizofrénica mientras el personaje de Sandler pierde los estribos, y de arreglos sinfónicos que después escucharíamos más a fondo en There Will Be Blood, Brion y Anderson juegan con la música electrónica experimental durante las escenas más psicodélicas, seguramente influenciado, como fiel atento a la música del momento, por el impacto que Kid A de Radiohead tuvo en la cultura popular a principios del milenio. Otro ejemplo que se puede consultar en este aspecto es Vanilla Sky de Cameron Crowe, quién incluso tocaba el álbum en el set mientras filmaban.

Punch-Drunk Love, como lo mencionaba, fue el intermedio entre el sinfónico Anderson de Blood y el pop de Magnolia. Ésta última fue un pedazo de cine incluso más frenético que Boogie Nights, donde se siente que cada momento de las tres horas de este largometraje bien podría ser los últimos cinco minutos de una película de Scorsese.

Varias historias se conjuntan en esta trama que tiene lugar en el San Fernando Valley de Los Ángeles; por cierto otro tema recurrente en la obra de Anderson, una fuerte convicción que tiene cualquier “angeleno” en brindarle a su ciudad una identidad y una cultura, algo que el resto de EUA insiste no posee (para ahondar en el tema recomiendo el documental Los Angeles Plays Itself donde Thom Andersen repasa la historia de la ciudad como fondo y protagonista en el cine). PTA como que pretende rendirle tributo a su ciudad hasta en diferentes épocas: Boogie Nights y la industria del porno en el Valle de San Fernando durante los 70s y 80s; Magnolia, la industria de la tele y sus varias historias en el Valle en la época contemporánea (de aquel entonces, en 1999); Punch-Drunk Love ambientada también en el Valle; There Will Be Blood y la naciente industria del petróleo en Los Ángeles. Anderson se tomó un descanso de seguir esta secuencia con The Master, ubicada en la costa este de los Estados Unidos, para regresar últimamente y con fuerza en Inherent Vice, donde un disfrazado Manhattan Beach aparece como Gordita Beach, y en donde esta vez Anderson se expande por todo el lugar, de Long Beach a Santa Monica y desde Orange County hasta, por supuesto, el Valle. El sentido de pertenencia a su lugar de origen, junto con la música, son dos fuertes inspiraciones para Anderson.

Estaba a punto de comentar que el sonido en Magnolia fue a cargo, casi por completo, por Aimee Mann, cuya canción “Save Me” fue nominada al Óscar a mejor canción original en el 2000. La influencia del escritor Thomas Pynchon (autor de la novela Inherent Vice) ya se asomaba en el horizonte, cuando muy al estilo de las novelas de Pynchon, los personajes de Magnolia rompen en canto al estilo de un musical, cada quien en su lugar y en su tiempo, por separado, pero todos cantando un cacho de “Wise Up” de Mann. El refrán que cantan todos “it never stops” adquiere un significado de mayor importancia en esta trama donde diferentes personajes parecen repetir la historia del otro; por ejemplo, una otrora estrella de la TV se muere lentamente de cáncer en su último lecho, mientras otra estrella de TV se entera apenas de que tiene cáncer. “Esto nunca se detiene”, parece decir Anderson, antes de lanzar una peste bíblica desde los cielos sobre sus antiguos terrenos del Valle. Quizás Anderson en su faceta más fantástica.

Inherent Vice parece un regreso a vintage Paul Thomas Anderson, con un ecléctico conjunto de canciones como “Vitamin C” de Can y “Harvest” de Neil Young ambientando esta trama a principios de los 70s, pero que también incorpora música incidental de Greenwood, específicamente exquisitas piezas en la guitarra acústica que le brinda un poquito de extra melancolía a los atardeceres californianos. Anderson incluye canciones como “Never My Love” de The Association y “Rhythm Of The Rain” de los Cascades, de una época que se muere en esta película, aquella sesentera del amor y paz y que da paso a la desconfianza hacia los corporativos y las autoridades en los setentas, para desgracia del mundo y especialmente de “Doc” Sportello (Joaquin Phoenix nuevamente, quien se convierte rápidamente en otro cómplice de Anderson), personaje principal de la trama de esta novela de Pynchon y que aparece como hippie desubicado en el amanecer de una nueva década.

¿Estaremos entrando en una nueva era de Anderson donde regresa a su estilo cinematográfico noventero?, o acaso Inherent Vice fue solo una excepción, donde para esta adaptación (única vez que trabaja con una historia que no es suya), tuvo que adecuar su manejo de cámaras y de la música para mejor adecuarse a la visión artística de otro autor?. Sea lo que sea, cambiar de rumbo, o permanecer en el mismo, de la mano de Paul Thomas Anderson, es emocionante.

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