




Por: Luis Arce (@lsfarce) /// Fotos:BigIdeas (OzCorp)
“Tienes que acercarte a nuestra propuesta inocentemente, con los oídos y los ojos muy abiertos” explica el artista irlandés radicado en Alemania, Lillevan mientras sorbe un poco de café y piensa en la apertura del público mexicano ante la música y al arte experimental. Resulta todo en un juego de entendimiento, sólo es necesaria la disposición por parte del escucha, pues su trabajo no se trata de una presentación elitista, o un congregado de conceptos e ideas difíciles de comprender, “de hecho es bastante simple, sólo estás allí, y lo aceptas, tomas lo que te guste; si te desagrada la música, puedes cubrir tus oídos y disfrutar de la propuesta visual, igualmente, si te desagrada tal propuesta, simplemente puedes cerrar los ojos y dejarte llevar por los sonidos”. Esa es la verdadera disposición la capacidad de entender cada manifestación artística dentro un concepto propio, pero multiplicándola, destrozándola, cambiándola, pues finalmente la obra “se concreta en el espectador; en los sitios que pueda visitar mientras contempla la obra”.
En términos concretos, los conciertos no son más que obras en acción, obras que cambian y manifiestan una vertiente distinta del artista en cada tocada, en cada canción y por qué no, en cada acorde. Tanto Morton como Lillevan entienden esto, por eso mismo decidieron que sería excelente si pudieran crear algo juntos. Una propuesta que se transforme cada vez que sea llevada al estrato del espectáculo. Para Lillevan trabajar con Morton Subotnick resultó en una experiencia muy enriquecedora, pues a sus 70 años “es mucho más infantil que la mayoría de las personas con veinticinco años. Mucho más inquisitivo, mucho más interesado en el mundo, siempre pregunta: ¿qué podemos hacer?, ¿qué podemos cambiar”. Esta clase de actitud es precisamente la que Subotnick y Lillevan han logrado llevar al escenario durante la presentación de Silver Apples of the Moon y A Sky of Cloudless Sulphur, anoche en la Sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario.
La presentación rápidamente apremia a la velocidad y la espectacularidad de la música, que rodea toda la sala con una fuerza escalofriante. Al ser una pieza diferente en cuanto estilo compositivo, pues consiste prácticamente en la interpretación que el músico pueda aportar sobre algunas ideas, el autor comienza por desgranar sonidos, prolongar algunos otros y desechar unos cuantos. Morton Subotnick comentó durante la entrevista que “Silver Apples es una pieza que nunca hubiera podido componer sin la ayuda de medio electrónicos”; pues se trata de una composición, que desde el comienzo buscaba un trabajo de improvisación sobre la pieza, una interpretación que exigiera convertirse en un fenómeno distinto cada vez que fuera llevada al escenario. Lillevan comentó al respecto que la pieza y en general su arte “tienen como uno de sus principales motivos la posibilidad de improvisación”, lo que hace que cada presentación sea distinta de la anterior y por ello mismo, única.
Y es que el método de trabajo para este tipo de experimentos, parece conjugado como la posibilidad de abandonar las convenciones y someter al espectador a un momento estático, donde todo pertenece a la relación del escucha con su entorno. Bastaba darse cuenta de que gran parte del público estaba amarrado a sus asientos. Cautivados por los visuales de Lillevan que justo al centro de la sala, recomponían el ambiente, permitiendo la convivencia del público con sus representaciones. “La música es un sentimiento, un sentir que puede ser planteado con instrumentos, y ahora con herramientas electrónicas que interactúan entre ellos, así que no podrías apartarlos de ellos mismo, ni de su público, y esperamos que también al revés”. Estas palabras de Morton Subotnick ejemplifican la instancia en la que Silver Apples debía colocar a la gente, suspenderlos por un rato. “Si algún día tocamos un punto donde tengamos una nueva forma de comunicación, también habrá una música para ello, una nueva música. Que vendrá desde esa expresión, constituida desde sus herramientas”. Al preguntarle a Morton si consideraba tener una estética personal, responde alegremente: “Seguro que tengo una, sólo que no sé cómo llamarla –risas.” “Lo más cerca que estoy de eso, es la capacidad de crear momentos estáticos”. Momentos como éste donde cada sonido se apodera de la sala, y cada derrame de agua, pintura o cosa incendiándose que muestra la pantalla expresa y modifica la interpretación mientras convierte a su público en un constructo de sensaciones.
“Necesitas escuchar cada detalle en todo lo que sucede”. Pertenecer completamente al momento estático, prestando atención y sobre todo inteligencia ante la proyección de ideas que palpitan en tu cerebro. “Tu concibes cada momento como una experiencia estética, no se trata de dejarte llevar y que todo suceda sobre ti, si haces eso, mejor vete a dormir; lo importante es prestar la atención necesaria para escucharlo, para escucharlo todo”. Es así como el pequeño escenario se transforma en un minúsculo universo donde sonido e imagen proyectan el impulso de la atención. Estamos en un momento estático y es particularmente difícil librarse de él.
Al experimentar tales instancias de la interpretación musical, es difícil decir si esto terminara por dejarnos un hueco, o nos alegrará la noche. Pero algo es seguro, no podríamos decir que no ofrece una perspectiva diferente sobre lo que la gente suele entender como música. Ahora mismo, los dos artistas completan la presentación con intensidad y eficacia, la sala se ilumina con el video arte de Lillevan, mientras los sonidos le acompañan en una degradación constante de absolutamente todos los conceptos, los sonidos se disfrazan de otros y uno sólo puede quedarse boquiabierto ante aquello que los artistas están maquinando para su público. Sería pretencioso describir que acaba de suceder, pues las emociones también se han quedado suspendidas. Cuando los pies regresan al suelo y me encuentro de vuelta en mi asiento, sentí una gran empatía por las ideas que Subotnick sostiene sobre la música electrónica, sobre la música en general, sólo se trata de una clasificación y eso ayuda, pero también perjudica al escucha quien se adscribe a un género sólo por sentirse afín a lo que provoca cierta banda o canción, como Subotnick declara: “Categorizar puede cerrar tu mente”. Este tipo de experiencias pueden someterla a presión, pero merece la pena soportar un poco de eso, para vivirlo, y aunque resulte difícil explicar que realmente acaba de suceder, quizás ni siquiera haya que hacerlo, bastaría solamente con tomarlo; “Es más bien como un atardecer, sabes que es bello, puedes entenderlo, pero no podrías clasificarlo, puesto que no es necesario”, declara Subotnick mientras esboza una sonrisa pequeña entre sus labios.

