RPM: 35 años de Combat Rock de The Clash

May 11, 2017

This is a Public Service Announcement… with guitars!:
35 años de Combat Rock de The Clash

Por Ernesto Acosta Sandoval @erniesandoval_

Glyn Johns, ya hemos hablado de él, se dedicó a rescatar proyectos caóticos y condenados al fracaso. En 1971 le tocó rescatar el abortado proyecto Lifehouse de The Who y su intervención resultó en Who’s Next. Once años después, le entró al quite en el que sería el último álbum real de la única banda que importa. En la contraportada de Combat Rock, su crédito se reduce a “mixed by”. Podría parecer poco, pero no fue una labor pequeña. Para 1982 la lucha de egos en The Clash estaba al tope. Joe Strummer se quedaba en hoteles pequeños y comía en el primer restaurante que encontraba en la calle cuando estaban de gira. Mick Jones prefería suites presidenciales y desayunar con champaña. Topper Headon estaba en el punto más alto de su adicción a la heroína y cada vez era menos constante en sus apariciones con la banda, tanto en vivo como en los ensayos y en el estudio. Paul Simonon se clavaba cada vez más con la pintura y la música le importaba cada vez menos. La banda que había cambiado el curso de la historia del Punk no podría estar más desbandada y, a diferencia de la época pre-London Calling, ahora sí el idilio parecía haber terminado.

Pero en lo musical parecían no tener límites una vez que exploraron todas las posibilidades creativas en Sandinista! dos años antes. Ese álbum triple les abrió la puerta y les enseñó que, en lo creativo, nadie les hacía sombra. Cuando comenzaron las sesiones para Combat Rock, The Clash no estaba estancado, ni estaban en un momento estático. Para el momento en el que terminaron de armar un posible tracklist e incluso de grabar, el resultado les dio para otro álbum doble en el que los cuatro miembros habían participado más allá de su labor como instrumentistas. Ahí fue donde empezaron los problemas reales. La disquera no estaba muy segura de querer echarse el tiro de volver a comercializar un álbum inusualmente largo así que les pidió que lo recortaran a un LP sencillo. Por supuesto, nadie quiso ceder y las fragmentaciones se hicieron visibles y notorias. La banda abandonó las grabaciones casi un año y nadie se quiso hacer cargo de nada. Ahí fue donde Glyn Johns entró en acción. Armó un LP con las 12 canciones más fuertes de las 18 que el grupo había dejado. Las redujo a un tiempo de reproducción más amable, puso de lado los experimentos más inescuchables y las puso en una secuencia que consideró podía hacer que la escucha se hiciera más fluida. Así, Combat Rock se convirtió en un grito de guerra de una banda en pleno uso de todo su potencial que abre con “Know Your Rights” a toda velocidad, pone los que serían los dos sencillos más exitosos de The Clash uno tras otro, “Should I Stay Or Should I Go” y “Rock The Casbah” y termina el lado A con esa absoluta maravilla inclasificable que es “Straight To Hell”. El lado B es pura dinamita sónica: “Overpowered By Funk”, “Atom Tan”, “Sean Flynn”, “Ghetto Defendant” (con la improbable participación de Allen Ginsberg), “Inoculated City”. Mientras Johns hacía esta labor titánica de hacer brillante a una banda de por sí brillante, The Clash había despedido finalmente a Topper Headon y se habían ido de gira con The Who para un año después ir abandonando uno a uno el barco.

Lo triste de Combat Rock es que, para cuando fue lanzado, mostraba a una banda que ya no tenía interés en serlo. Una banda que dejaba un legado imborrable e imbatible. Combat Rock es un álbum fantástico, genial y ecléctico, a la altura de cualquiera de las otras obras cumbre de The Clash, pero oscurecido por rencillas personales y creativas y con una tendencia a ser menospreciado en años recientes. Al menos no es ese monstruo que Joe Strummer armó de retazos en 1986, Cut The Crap y que nadie, por respeto, debe considerar como el último disco de The Clash, la única banda que importa.

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Post escrito por: Ernesto Acosta

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