Rita, el documental: Rita, la inmortal

May 28, 2018

Por Patricia Peñaloza
@patipenaloza

¡La muerte no existe! Es sólo una idea”, gritó la noche del jueves 24 de mayo el bajista Poncho Figueroa al presentarse al frente de Los Sabinos ante un Teatro de la Ciudad con localidades agotadas, exultante y entregado, delirante de amor hacia la festejada, Rita Guerrero, quien el 22 de mayo habría cumplido 54 años, de no haber partido a otra dimensión el 11 de marzo de 2011. Luego de ser ahí mismo proyectado el filme Rita, el Documental, dirigida por el mexicano Arturo Díaz Santana, Poncho gritó aquello con el corazón en la garganta, dada la visible y audible inmortalidad artística de la cantante tapatía que encabezara con una personalidad inolvidable, una de las bandas más importantes y originales en la historia del Rock mexicano, de los años 90 a la fecha: Santa Sabina.

Puntualísimo, el documental dio inicio a las 8 de la noche. Relatado de manera cronológica, partiendo de la infancia de Rita hasta su muerte, a partir de testimonios de familiares y de quienes la conocieron desde su formación teatral, pasando por la mayoría de los que integraron en algún momento Santa Sabina (varios fueron entrando y saliendo del grupo), la historia va proyectando fotos, videos y audios poco conocidos de la juventud de la implicada. Asimismo, va mostrando cada uno de los guiños y logros que la marcaron y le hicieron transformar sus anhelos creativos desde que fuera una joven estudiante en su natal Guadalajara, hasta su desarrollo como cantante en el otrora DF. Actores, directores, amigos, ex managers y músicos, van expresando con cariño y a veces hasta con dureza, todo lo que vivieron a su lado y vieron en ella. Entre otros, por ejemplo, los caifanes Alfonso André y Alejandro Marcovich, primer impulsor y primer productor de la banda respectivamente, relatan cómo fueron aquellos años iniciales y lo que les impactaba del grupo, así como lo que para ellos representa Rita. Por su parte, el citado Figueroa, además de los músicos Jacobo Lieberman, Pablo Valero, Patricio Iglesias, Alejandro Otaola, Juan Sebastián Lach y Aldo Max (no sólo ex integrante de la banda, sino última pareja de Guerrero, con quien tuvo un hijo), relatan su respectiva experiencia. Entre imágenes y recuerdos de éxito, como los años de efervescencia mediática, la grabación de su segundo disco Símbolos (1997) con Adrian Belew (King Crimson), o su relevante posición al frente de todo un movimiento de conciertos que a fines de los años 90 reunieron ayuda para las comunidades arropadas por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), tema del cual hablan por ejemplo Armando Vega-Gil (Botellita de Jerez) e Inti Muñoz, Rita, el Documental va perfilando una narración entrañable, sensible, sincera, objetiva, sin dejar fuera aquellos testimonios quizá no tan favorecedores, para con ello mostrar no sólo su genuino lado hermoso, heroico, espiritual y artístico, sino también los claroscuros que llegaba a provocar en los demás, aquélla que durante la narración se va revelando como una fuerte líder.

Al final del documental, de cerca de dos horas de duración, mientras los créditos se proyectaban, la pantalla se tornó telón translúcido mientras detrás, los músicos antes citados, además de Leonel Pérez en el cello, agrupados como Los Sabinos, ejecutaban motivos melódicos de la canción “Incierto destino“. Cuando la pantalla terminó de estar arriba, los alaridos pertinentes del respetable precedieron al inicio del concierto prometido, en el que interpretarían temas selectos de Santa Sabina. La expectativa era mucha, pues en su momento activo como banda, nunca tocaron juntos todos los involucrados (salvo cuando se llevó a cabo un concierto, aun con Rita en vida, para recaudar fondos y ayudarla en su tratamiento contra el cáncer de mama que padecía, llevado a cabo en el mismo recinto en diciembre de 2010). Sin duda, otro gran ausente fue Julio Díaz, baterista del grupo en su segunda etapa, quien falleció en 2014.

Mas, con todo y la tristeza, la música se impuso como recurso de sanación y abrieron boca con “Gasto de Saliva” y “Estando aquí no estoy“, cantada por Figueroa y Valero. Comenzaron las inquietudes en la audiencia, pues la ausencia de Rita era demasiado presente. Sin embargo, con ayuda de la memoria, el amor, el arte, el recurso escénico y la tecnología, después de colocar al frente un micrófono cuyo atril estaba forrado de flores blancas y rojas (como Rita acostumbraba usar), alrededor del cual cada músico colocó una veladora, dio inicio “Vampiro (Una Canción para Louis)“, una de sus piezas más emblemáticas. El público pensó que sólo se trataba de un sencillo y hermoso elemento escenográfico para recordarla, y que guitarrista y bajista seguirían cantando como hicieron en los primeros temas. Sin embargo, el sobresalto llegó cuando, al llegar el momento de la letra tras la intro, la voz de Rita cantando el tema sonó como si estuviera ahí. Ufff. Escalofrío y sorpresa. Lágrimas corriendo. Resultó ser un momento al mismo tiempo escalofriante y hermoso, poético. Un ritual que inevitablemente invocaba al más allá y nos hizo sentir a los presentes que el espíritu de Rita estaba ahí efectivamente, bendiciendo y rondando. Además, la pista empleada provenía de alguna grabación cruda en vivo, lo cual lo hacía más realista. Fue entonces que la voz empezó a disparar el sonido de la banda. Fue más notorio lo endiabladamente maduro de los músicos, lo bien que están tocando ahora, mucho mejor que antes por supuesto, y los sentimientos encontrados de tristeza y emoción empezaron a revolcarse en el estómago: qué banquete, de seguir Rita con nosotros, al lado de estos musicazos: las mágicas ambientaciones de Lach en los teclados, el groove inigualable de Figueroa al bajo, los retruécanos guitarriles de Otaola, los riffs rasposos de Valero, las baterías sincopadas y extremas de Iglesias, la belleza de los alientos de Max, los puntuales teclados y percusiones de Lieberman, los cellos rockers de Pérez.

Con el mismo recurso sonoro y una sincronía impecable entre los músicos y la voz grabada de Rita, prosiguieron los temas “Babel“, “Nos Queremos Morir” y “El Ángel“. Hicieron una salida en falso y regresaron para tocar y cantar, ya sin la voz de Rita detrás, los clásicos “Chicles” (cómo se extrañaron aquí sus teatrales alaridos) y “Azul Casi Morado“, que fue prácticamente coreada del todo por el público, con lo cual quedaba más que claro que las canciones dejan de pertenecer a quien las genera, para en algún momento pasar a ser de quienes las oyen y hacen suyas: otro rasgo de la inmortalidad. El Teatro se deshizo en aplausos y llanto, ante tan conmovedor momento.

Y así, con tan emotivo acto, la cantante que inspiró a toda una generación con su voz irrepetible, a la vez inspirada en el romanticismo, así como en el bel canto y la exploración gutural a lo Diamanda Galas, siempre preocupada por la estética escenográfica y las letras profundas, adoloridas y poéticas, estuvo ahí no estando, en una noche que promete repetirse el 5 de agosto en el mismo lugar.

Post escrito por: Blogger invitado

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