
Cortesía Sebastián Covarrubias (OCESA)
Avenged Sevenfold @ Estadio GNP:
La noche en que México a bailó con sus fantasmas
Por Ricardo Hernández Salinas @kh40ss
Un cartel que era un manifiesto
El sábado 17 de enero, el Estadio GNP se convirtió en un laboratorio. Lo que en un principio se anunció como el regreso de Avenged Sevenfold, evolucionó, tras algunos cambios, en una propuesta más profunda: una alineación que funcionaba como una declaración sobre el presente del Rock: Avenged Sevenfold, A Day To Remember, Scars on Broadway, Mr. Bungle y la banda ganadora para ser telonera Electrify, no eran solo nombres en una cartelera; eran eslabones de una misma cadena de ADN musical, reunidos para celebrar la conexión definitiva entre una banda y su gente.
Fue al vivir la jornada completa que entendimos su formato único. No se trataba de un festival convencional, sino de un ejercicio de simbiosis perfectamente orquestado. Era la banda anfitriona presentando sus influencias formativas, a sus pares y a la nueva sangre, construyendo un puente entre generaciones. Lo más revelador fue el público: junto a los metaleros de siempre, una legión de fans jóvenes, algunos de apenas 10 años, conocieron por primera vez el sonido crudo de leyendas como Mr. Bungle, solo para horas después corear los himnos de la banda que ya consideraban propia. Era el Rock explicando en directo su propia genealogía.

Cortesía Sebastián Covarrubias (OCESA)
Mr. Bungle: El regreso del camaleón
El plato fuerte para iniciar, y uno de nuestros favoritos absolutos en MHR, fue el regreso a México de la bestia indomable: Mr. Bungle. Ver a la primera agrupación de Mike Patton —esa creación pre-fama, casi escolar— 25 años después de su disolución, es ser testigo de historia viva. No era la reunión nostálgica de un demo perdido; era la resurrección furiosa de “The Raging Wrath of the Easter Bunny“, su material más visceral, ahora armado con la artillería pesada de leyendas como Trevor Dunn, Trey Spruance, Scott Ian (de Anthrax) y Dave Lombardo (de Slayer). Presenciar esto no era solo escuchar música; era asistir a una clase magistral de legado musical.
Y, como era de esperarse, el concierto estuvo a la altura de sus antecedentes monstruosos. Abrieron con el cover distorsionado de “Tuyo“, el tema de Narcos, un guiño irónico y perfecto. Atravesamos el poder sónico de “Eracist” y “Raping Your Mind“, y nos sumergimos en el genio camaleónico de Patton con versiones que desgarraban el canon: “I’m Not in Love” de 10cc convertida en un susurro amenazante, “All By Myself” de Eric Carmen transformada en un lamento existencial, y una interpretación tan intensa de “Refuse/Resist” de Sepultura que pareció hacer temblar los cimientos del estadio. La joya de la corona, el momento que condensó décadas de anhelo, fue escuchar “Retrovertigo“. Tras 25 años de silencio, y habiéndola estrenado mundialmente sólo días antes en Guadalajara, cada nota fue un latido compartido con un público que nunca creyó vivir este momento. Al concluir, Patton se despidió de los “chilangos” con un “nos vemos muy pronto” que sonó más a promesa que a despedida. El set fue tan monumental que, paradójicamente, se sintió como la demostración de un concierto aún más grande por venir.

Cortesía Sebastián Covarrubias (OCESA)

Cortesía Sebastián Covarrubias (OCESA)
Scars on Broadway:
El puente armenio
La transición hacia el núcleo del cartel la lideró Scars on Broadway, el proyecto esencial de Daron Malakian, guitarrista y alma de System of a Down. Si Mr. Bungle era el caos académico, Scars fue el conducto directo hacia un Rock imbuido de mensaje político y groove inconfundible. Con un sonido que bebe de las fuentes del Folk armenio y lo fusiona con un Hard Rock afilado, la banda demostró ser una entidad poderosa por derecho propio. Temas como “They Say” y “World Long Gone” resonaron con una urgencia apremiante, conectando al instante y canalizando la complejidad de System of a Down hacia una energía más frontal y concentrada. Fue el recordatorio perfecto de que de las raíces más profundas brotan los sonidos más necesarios.

Cortesía Sebastián Covarrubias (OCESA)

Cortesía Sebastián Covarrubias (OCESA)
A Day To Remember: El himno generacional
Después llegó la explosión catártica de A Day To Remember. Ellos representaron el eslabón contemporáneo en la cadena, la banda que ha elevado la mezcla de Pop-Punk melódico y peso metalero a la categoría de himno masivo. Su energía es la esencia del Warped Tour, un torrente de coros para gritar y mosh pits que estallan con sincronía milimétrica. Para el público más joven, ellos fueron el headliner de sus sueños hecho realidad; para los veteranos, la prueba viviente de cómo el género se regenera sin perder su esencia. Canciones como “All I Want” unieron miles de voces en una sola, demostrando que, a veces, la conexión más poderosa nace de la combinación entre un estribillo contagioso y un golpe de batería que resuena en el pecho.

Cortesía Sebastián Covarrubias )OCESA)

Cortesía Sebastián Covarrubias )OCESA)

Cortesía Sebastián Covarrubias )OCESA)
Avenged Sevenfold:
La comunión y la cima
Y entonces, bajo el manto de la noche urbana, llegó el momento cumbre. Avenged Sevenfold —M. Shadows, Synyster Gates, Zacky Vengeance, Johnny Christ y Brooks Wackerman— no subió al escenario; lo tomó por asalto, pero con una gratitud que se palpaba en el aire. Desde el primer instante, se sintió que este no era un show más, sino la coronación de un viaje compartido, una cima alcanzada gracias a un público que los ha acompañado desde “Waking the Fallen” hasta el ambicioso “Life Is But a Dream…“. Es profundamente gratificante ver a una banda que hace años considerábamos “joven”, alcanzar esta estatura y usarla no para ensalzarse, sino para tender puentes con otras leyendas y celebrar juntos.
La presentación fue un espectáculo que adoptó la tecnología sin traicionar el corazón del Rock. Las pantallas gigantes transcendieron su función de proyección para convertirse en lienzos de Inteligencia Artificial, con visuales que mutaban en tiempo real, creando una dimensión onírica y profundamente personal para temas como “The Stage” o “Nobody“. Esta innovación encontró su máxima expresión en el vivo, añadiendo una capa sensorial única.
Pero la noche guardaba un gesto de pura alquimia cultural. En una muestra de profundo respeto y compenetración con México, la banda entrelazó los primeros acordes de “La Malagueña” en su set. No fue un simple cover; fue una ofrenda genuina. La interpretación, cargada de técnica y emotividad, detonó un estruendo de emoción colectiva. Fue la confirmación de que su vínculo con este país trasciende lo comercial; es un diálogo auténtico y sentido.

Cortesía Sebastián Covarrubias (OCESA)
La tribu
Algo muy curioso y genial sucedió en los pasillos, en las filas, en la salida: llevar la playera de una de las bandas se convirtió en un lenguaje universal. Una camiseta vintage de Mr. Bungle generaba un guiño de complicidad con un desconocido; una gorra de Avenged Sevenfold era motivo para un choque de puños; una playera de A Day To Remember iniciaba una conversación instantánea. Éramos una tribu efímera, unidos por los hilos de un mismo universo sonoro.
Este concierto, en toda su grandeza y contraste, fue una demostración rotunda del poder del Rock para unir generaciones y sensibilidades. Fue un viaje desde el vanguardismo caótico de Patton hasta los himnos expansivos de Shadows, pasando por el groove con conciencia de Malakian y la catarsis liberadora de A Day To Remember. Fue la prueba de que la música, en su estado más puro y compartido, sigue siendo el ritual más efectivo para recordarnos que, en la oscuridad de un estadio, podemos latir al unísono.
Paradójicamente, tras casi dos horas de fuego, Inteligencia Artificial y riffs monumentales, el instante más vivo fue ese silencio resonante justo después del último acorde, cuando miles de personas comprendieron, sin necesidad de palabras, que habían sido parte de algo que trascendería la noche.
En MHR, solo podemos agradecer a Avenged Sevenfold por la experiencia, por la lección y por la fe. La fe en el escenario, en el público y en el eterno, glorioso e impredecible poder de un amplificador encendido.



