
Foto Ricardo Hernández Salinas @kh40ss
Orus Fest @ Salón Olímpico Pantitlán
Ocho años después, la comunidad volvió a encontrarse
Por Ricardo Hernández Salinas @kh40ss
Después de ocho años volvimos a Orus Fest 2026, uno de esos encuentros que han acompañado la historia de la escena electrónica oscura y underground en México. El regreso tenía un cartel difícil de ignorar y una razón que por sí sola justificaba buena parte de la expectativa: por primera vez en nuestro país se presentaría Peter Heppner, después de más de cuatro décadas de trayectoria y de varios intentos anteriores por traerlo a estas tierras.
Pero antes de llegar hasta ese momento había toda una jornada por recorrer.
El festival comenzó desde la una de la tarde en el Salón Olímpico Pantitlán, con representación nacional y un cartel internacional que reunió a proyectos como Das Ich, God Module, Eisfabrik, Funker Vogt, Rotersand, Solitary Experiments y Peter Heppner. El clima de la Ciudad de México nos jugó en contra: una lluvia intensa acompañada de granizo complicó el traslado y nos hizo imposible llegar desde el inicio. Hicimos todo lo posible por cruzar una ciudad convertida momentáneamente en agua y tráfico, y logramos entrar antes de que Rotersand tomara el escenario.
Y afortunadamente llegamos.

Foto Ricardo Hernández Salinas @kh40ss
Rotersand era una de las bandas que más curiosidad nos provocaba ver. Formado en Alemania en 2002 alrededor de Rascal Nikov y Gunther “Gun” Gerl, el proyecto encontró desde sus primeros trabajos un punto particular entre Futurepop, EBM, Techno y estructuras diseñadas para el movimiento; más tarde se incorporaría Krischan Wesenberg al núcleo creativo que consolidó su discografía. Para esta presentación mexicana vimos sobre el escenario esencialmente a Rasc al frente y Krischan Jan-Eric en los controles, una configuración aparentemente sencilla que terminó llenando por completo el espacio.
Fue impresionante el dominio escénico de Rotersand. Rascal Nikov parece comprender perfectamente la relación entre cuerpo, ritmo y público: no permanece simplemente frente al micrófono, desplaza la energía del track hacia las personas y la recibe de regreso. Detrás, Krischan Jan-Eric sostiene la maquinaria electrónica con beats intensos, secuencias precisas y melodías capaces de cambiar de la contundencia al baile sin perder identidad. En conversaciones posteriores coincidimos varias personas en algo: Rotersand fue para nosotros la mejor presentación de la noche.
Escuchar “Exterminate Annihilate Destroy” en este contexto fue una descarga enorme, mientras “Waiting to Be Born” confirmó esa capacidad que tiene la banda para colocar melodía dentro de estructuras electrónicas de gran potencia. Lo único malo fue sentir que su set había terminado demasiado pronto, aunque probablemente esa percepción tenga más que ver con lo bien que la estábamos pasando que con el reloj. Su debut mexicano funcionó de tal forma que esperamos que este primer encuentro pueda abrir la posibilidad de verlos nuevamente, ahora con un concierto propio y el tiempo suficiente para recorrer con mayor profundidad una trayectoria que ya supera las dos décadas.
Llegar al Orus Fest 2026 también significó algo que habíamos extrañado: volver a ver reunida a buena parte de la misma comunidad oscura con la que hemos compartido conciertos, clubes, festivales y noches durante años. Entre el público aparecieron amigos con quienes hacía demasiado tiempo no coincidíamos de esta manera. Las historias cambian, las personas también, pero hay algo particular en reconocernos nuevamente frente a un escenario por exactamente la misma razón por la que nos encontrábamos hace diez, quince o veinte años: la música.
Durante los meses previos se habló mucho del Salón Olímpico Pantitlán. Hubo opiniones de todo tipo alrededor de su ubicación, accesibilidad, estacionamiento y de la elección misma del recinto. Después de vivir ahí el festival, nuestra percepción fue completamente distinta. El espacio terminó funcionando muy bien y, además, plantea algo que consideramos importante: todavía existen venues independientes capaces de recibir producciones de gran formato fuera del circuito de recintos administrados por las grandes compañías del entretenimiento.
Orus Producciones entendió ese espacio y lo transformó.
La producción fue uno de los puntos más sobresalientes de toda la jornada. El sonido se mantuvo limpio, definido y contundente; no recordamos un momento importante donde alguna falla técnica rompiera una presentación. Y para un cartel compuesto principalmente por música electrónica, donde la separación entre frecuencias, voces, secuencias y bajos resulta fundamental, eso hace una diferencia enorme.
También hubo decisiones visuales particularmente interesantes. Durante buena parte del festival un dron FPV sobrevoló el escenario enviando imágenes en tiempo real a las pantallas. En lugar de limitar la experiencia a cámaras frontales, de pronto podíamos mirar a los artistas desde arriba, desplazarnos visualmente detrás de ellos o cruzar el escenario mientras sucedía el concierto. Era un recurso tecnológico utilizado con sentido, aportando profundidad a lo que ocurría frente a nosotros.
Y aquí podemos hablar desde la experiencia de MHR recorriendo constantemente venues y festivales de naturalezas muy distintas: la producción de Orus Fest estuvo a la altura de un festival internacional especializado. Particularmente dentro de una escena donde muchas veces hemos tenido que acostumbrarnos a producciones limitadas, ver un montaje de esta escala y cuidado merece ser señalado.

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Después llegó Funker Vogt y con ellos aparecieron viejos conocidos.
Formados en 1995 alrededor de Gerrit Thomas y Jens Kästel, Funker Vogt se convirtió en uno de los nombres esenciales del electro-industrial alemán, desarrollando durante décadas una estética militar utilizada principalmente para abordar la guerra, la violencia y sus consecuencias. La banda también ha atravesado importantes cambios de vocalista: Kästel dejó el proyecto en 2013, Chris L. llegó posteriormente al frente y, en su configuración actual, Bastian Polak ocupa la voz principal junto a Gerrit Thomas y René Dornbusch en las presentaciones en vivo.
Nosotros los recordamos especialmente desde aquella presentación en el extinto VDMAS en 2008, y resulta fascinante comprobar que tantos años después la intensidad fundamental de Funker Vogt permanece. La batería vuelve a funcionar como arma principal; incluso pareciera que con el tiempo suena cada vez más grande. Percusiones que golpean directamente sobre las secuencias, voces agresivas, el característico maquillaje de camuflaje y una banda que entiende perfectamente la naturaleza física de su música.
Uno de nuestros momentos favoritos apareció con “Funker Vogt 2nd Unit”, cuando René Dornbusch abandonó momentáneamente su papel detrás de la batería para tomar el micrófono. Fue uno de esos pequeños cambios dentro de un set que modifican por completo la energía del escenario y nos conectó inmediatamente con la larga historia del proyecto.
Entonces llegó una transición que merece su propio espacio.
Generalmente hablamos de las bandas y olvidamos a quienes tienen la responsabilidad nada sencilla de conectar universos entre una presentación y otra. DJ Noirshell recibió el final de la contundencia de Funker Vogt y tuvo que llevarnos hacia un territorio completamente distinto: el Synthpop y la sensibilidad electrónica que antecedería a Peter Heppner.

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Lo hizo de manera magistral.
Su selección funcionó casi como una gran mezcla extendida entre el lugar del que veníamos y aquel hacia donde nos dirigíamos. Poco a poco la dureza anterior comenzó a transformarse, aparecieron otras melodías, otras estructuras y otro ritmo emocional. Fue una transición musical en el sentido más preciso de la palabra y terminó preparando al recinto para el punto más alto de toda la jornada.

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Hablar de él significa recorrer más de tres décadas de electrónica alemana. Su voz quedó íntimamente asociada a Wolfsheim, proyecto al que se incorporó en 1987 y con el que desarrolló una de las identidades más reconocibles del Synthpop y Darkwave alemán; “The Sparrows and the Nightingales”, publicado a principios de los noventa, se convertiría en una de sus composiciones esenciales. Después llegarían una extensa carrera en solitario y colaboraciones con nombres como Schiller, Paul van Dyk, Joachim Witt y Goethes Erben, ampliando una voz que difícilmente puede confundirse con otra dentro de la música electrónica europea.
Para nosotros había además una historia pendiente.
Hace aproximadamente 12 años comenzaron a circular rumores sobre una posible visita de Heppner a México. Después volvió a hablarse de ella hace ocho o nueve años. En distintos momentos parecía que finalmente sucedería y después el encuentro volvía a desaparecer del calendario.
Por eso fue particularmente significativa la manera en que el propio Peter Heppner anunció esta fecha:
“After more than 30 years of trying… FINALLY…!!!
01-08-2026 – Mexico City”
30 años intentando llegar.
En un concierto contenido durante tanto tiempo, el primer sonido tiene un peso distinto.
La presentación estuvo construida principalmente alrededor de su trayectoria solista, permitiendo escuchar canciones como “Was Bleibt?”, “Unloveable”, “Herz” y “Fremd in diesem Land”. Heppner no necesita construir un personaje excesivo alrededor de su presencia. Su fuerza está en esa voz profunda, reconocible casi desde la primera sílaba, y en una manera muy particular de interpretar cada composición sin apresurarla.
Pero inevitablemente había una parte de la noche que todos esperábamos. Cuando aparecieron las primeras canciones de Wolfsheim, el concierto adquirió otra dimensión. Finalmente pudimos escuchar en México “Once in a Lifetime”, algo que durante muchos años parecía improbable. Después llegaron los primeros acordes de “Kein Zurück” y el Salón Olímpico respondió inmediatamente con un grito colectivo. Hay canciones que cargamos durante años antes de tener la posibilidad de escucharlas en vivo, y cuando finalmente ocurre, toda esa espera parece concentrarse en apenas unos segundos.
El punto culminante llegó con “The Sparrows and the Nightingales”, una composición inseparable de la historia de Wolfsheim y de la propia voz de Heppner.
Pero nuestro momento favorito en MHR ocurrió con “Leben… I Feel You”. La pieza nació dentro del universo completamente electrónico de Schiller, proyecto de Christopher von Deylen, y escucharla transformada en este formato electroacústico permitió observarla desde otro lugar. La voz seguía siendo el punto de unión, pero todo aquello que originalmente conocíamos rodeado de programación y producción electrónica adquirió una dimensión diferente sobre el escenario.
Después de más de hora y media quedó claro por qué esta presentación tardó tantos años en concretarse y por qué había tanta gente esperando verla. Peter Heppner mostró una entrega tranquila pero constante, de esas que no necesitan convertir cada canción en una demostración física para dominar un recinto. Treinta años después de los primeros intentos por traerlo, finalmente México pudo escucharlo.
Todavía quedaba una última banda.
El cierre quedó en manos de Solitary Experiments, un proyecto particularmente querido por el público mexicano. Formados en 1994 por Dennis Schober y Michael Thielemann, los alemanes llevan más de 30 años desarrollando una combinación de electrónica oscura, Futurepop y melodías construidas para sobrevivir fuera de la pista de baile; su trayectoria incluye giras por Europa, Estados Unidos, Canadá y México, además de una discografía que los convirtió en una presencia constante dentro de esta escena.
Y esa relación con México se percibe.

Foto Ricardo Hernández Salinas @kh40ss
Solitary Experiments parecía disfrutar cada respuesta del público y la última parte del festival adquirió una energía mucho más cercana. “Stars”, nuestra canción favorita del proyecto, fue uno de los momentos más emotivos de su presentación. Más tarde apareció “Zeitgeist”, incluida en Transcendent y grabada originalmente junto a Dirk Ivens / Dive; durante la interpretación, la presencia de Ivens apareció en las pantallas, extendiendo simbólicamente el cartel de una noche que ya había acumulado varias décadas de historia electrónica.
Así terminó Orus Fest 2026.
Después de ocho años, el regreso tuvo algo que iba mucho más allá de recuperar un nombre del calendario. Nos permitió confirmar que esta comunidad sigue aquí. Algunos nos conocemos desde hace décadas, otros llegaron mucho después; hay quienes continúan recorriendo todos los conciertos y quienes solamente reaparecen cuando una fecha consigue reunirlos nuevamente. El punto de encuentro sigue siendo el mismo.
También nos quedamos con la certeza de que una escena independiente puede producir eventos de esta escala cuando existe atención al sonido, al espacio, a la imagen y, principalmente, al público.
Desde MHR esperamos que esta vez no sean necesarios otros ocho años.
Porque después de tantas horas, lluvia, granizo, beats, reencuentros y canciones que llevábamos demasiado tiempo esperando escuchar, la conclusión terminó siendo mucho más sencilla: todavía estamos aquí y todavía tenemos razones para volver a encontrarnos frente a un escenario.



