
Foto Ricardo Hernández Salinas @kh40ss
Mike Patton / Mondo Cane
@ Palacio de Bellas Artes
Una noche de música en su más alto fundamento
Por Ricardo Hernández Salinas @kh40ss
Lo vivido el primero de octubre fue especial. Decir que la presentación de Mike Patton con Mondo Cane estuvo a la altura del Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México no es una afirmación sencilla. Es uno de esos recintos que obligan a medir cada palabra antes de utilizarla. Aquella noche fue espectacular, íntima, ecléctica y, sobre todo, una comunión musical alrededor de un artista profundamente ligado a los territorios alternativos, pero capaz de llevar la música hacia un espacio mucho más amplio, donde la interpretación, la orquesta, la teatralidad y la tradición convivieron durante más de dos horas.

Foto Ricardo Hernández Salinas @kh40ss
La noche comenzó alrededor de las 8:10. El sonido local anunció que el inicio se había retrasado diez minutos debido a las condiciones climáticas. En muchos conciertos, diez minutos pueden parecer una diferencia menor; dentro de un recinto como Bellas Artes, donde los horarios, los accesos y los protocolos tienen otra precisión, el anuncio marcaba desde el principio que aquella noche tendría sus propias reglas. Poco después, el telón comenzó a levantarse.
Entonces el telón comenzó a levantarse.
“Il cielo in una stanza” fue la primera señal de lo que estábamos a punto de escuchar. Frente a nosotros aparecía la alineación de Mondo Cane, comandada por un Mike Patton visiblemente inquieto y acompañado por el director Ezequiel “Cheche” Alara. La dimensión de la formación ya decía mucho: cuerdas, metales, percusiones y músicos distribuidos sobre el escenario para construir una sonoridad que necesitaba de cada elemento para respirar.
El recorrido continuó por un setlist en el que prácticamente no faltó ninguna de las piezas que hemos aprendido a querer dentro de la obra de Mondo Cane, pero también hubo espacio para algunas sorpresas que hasta entonces no habíamos tenido la oportunidad de escuchar en este formato, como “Balada de la trompeta” y “O Venezia, Venaga, Venusia”.
Lo que hizo particular a cada canción fue la manera en que Patton decidió habitarlas. Ninguna parecía ocupar el escenario únicamente para avanzar hacia la siguiente. Todas tenían una personalidad propia. Había teatralidad, cambios de intensidad, movimientos bruscos, silencios, gestos y una relación permanente entre el cantante y la orquesta. A eso se sumaron recursos tan reconocibles dentro de su forma de presentarse como el megáfono y algunas detonaciones de pólvora que aparecieron en momentos precisos, transformando el concierto en algo mucho más físico.

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Entre todo el repertorio hubo cuatro canciones que para nosotros terminaron ocupando un lugar especial.
“Canzone” fue una de ellas. Hay algo en esta pieza que parece pedir una interpretación contenida para después abrirse completamente, y Patton encontró ahí un espacio perfecto para jugar con la tensión de su propia voz. La orquesta le permitió crecer sin perder esa sensación de fragilidad que existe detrás de la melodía.
Con “Storia d’amore”, la interpretación adquirió otro peso. La canción avanzó con una elegancia particular, pero sin quedarse únicamente en la nostalgia de su composición. Los arreglos fueron construyendo una especie de arquitectura alrededor de la voz y, por momentos, parecía que cada sección de la orquesta estaba empujando la canción hacia un lugar diferente.
“Senza fine” fue quizá uno de los momentos donde más claramente se pudo apreciar el control de Patton. En una noche llena de cambios, esta pieza encontró su fuerza precisamente en la pausa y en el espacio que dejaba respirar cada frase. La voz parecía suspendida entre las cuerdas y los metales, haciendo que el recinto entero se sintiera mucho más pequeño.
Y después llegó “Dio, come ti amo”, una de esas canciones donde el dramatismo puede fácilmente convertirse en exceso. Patton tomó el camino contrario. La dejó crecer poco a poco hasta que la orquesta terminó por convertirla en uno de los momentos más intensos de la primera parte del concierto.

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La noche se sentía apresurada, aunque en realidad el reloj avanzaba al ritmo habitual. Éramos nosotros quienes estábamos intentando retener demasiado en poco tiempo. El público estaba completamente entregado y, en distintos puntos de la sala, podían verse personas claramente conmovidas por lo que estaba sucediendo.
El propio Mike Patton habló sobre lo que significaba tocar en Bellas Artes y era evidente que el recinto le provocaba algo especial. Se le veía inquieto, incluso nervioso por momentos. Y eso resultaba particularmente interesante. Después de tantos años de carrera, después de haber pasado por Faith No More, Mr. Bungle, Fantômas, Tomahawk y tantos otros proyectos, todavía podíamos observar a un músico enfrentándose a un escenario capaz de producirle esa clase de sorpresa.
Después de 23 canciones, parecía que todo había llegado a su final.
Patton y Che che se retiraron del escenario.
Pero aquello apenas era el comienzo del encore.

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Cuando regresó, lo hizo acompañado de cuerdas para interpretar “La Llorona” en una versión que inevitablemente nos llevó hacia la figura de Chavela Vargas. La elección ya era inesperada dentro de un concierto dedicado a la música italiana, pero lo que ocurrió después convirtió esa segunda parte en algo completamente distinto.
Mondo Cane comenzó a interpretar “Retrovertigo”, uno de los temas más queridos de la extensa trayectoria de Patton. A mitad de la canción apareció el Mariachi Gama 1000 y la pieza adquirió una nueva dimensión. De pronto, dos lenguajes que parecían pertenecer a universos separados comenzaron a convivir sobre el mismo escenario.
La sorpresa continuó con “Luz de Luna”, de Javier Solís.
Y entonces llegamos al punto más alto de la noche.
Mike Patton interpretó “Hasta que te conocí” frente a un Palacio de Bellas Artes completamente rendido, acompañado por el mariachi y con una estructura escénica que inevitablemente evocaba aquella histórica presentación del Divo de Juárez en este mismo recinto.
La elección tenía un peso particular precisamente por el lugar. No se trataba únicamente de cantar una canción de Juan Gabriel; estábamos escuchándola dentro del mismo escenario que forma parte de su propia historia. El público conocía cada palabra y la respuesta fue inmediata. La canción creció hasta convertirse en el cierre de una de las noches más emocionantes que hemos vivido como espectadores.
Quizá ahí terminó de revelarse la verdadera dimensión de Mondo Cane. Todo lo que había ocurrido durante la primera parte del concierto —la música italiana, los arreglos orquestales, la teatralidad de Patton, sus recursos vocales— terminó encontrando un nuevo sentido cuando esas mismas herramientas comenzaron a dialogar con la música mexicana.

Foto Ricardo Hernández Salinas @kh40ss
Al salir del recinto todavía seguíamos hablando de varias de esas canciones.
Y quizá eso sea lo que nos llevamos de esta noche: la sensación de haber presenciado una presentación construida con un enorme respeto por la música y, al mismo tiempo, con la libertad suficiente para llevarla hacia lugares inesperados.
La historia de Mondo Cane en México, además, todavía no termina.
El próximo 3 de octubre, Mike Patton y su orquesta regresarán para inaugurar el Festival Internacional Cervantino, en Guanajuato. Apenas dos días después de Bellas Artes, el proyecto volverá a encontrarse con el público mexicano en otro escenario histórico.
Para nosotros, el 1º de octubre quedará como una noche difícil de repetir. Una de esas ocasiones en las que el escenario, los músicos y el público parecen encontrar exactamente el mismo punto de encuentro. El telón volvió a cerrarse, pero todavía queda otra presentación por vivir.
Y después de lo que acabamos de escuchar en Bellas Artes, habrá que estar ahí.



