Reseña: Current Joys /// ROSEBUD

November 7, 2026

Current Joys ROSEBUD

Current Joys
ROSEBUD
They Are Evil
9.0

(aka. Mis tristezas, Mis reseñas)

Por Lecce

Hay algo particularmente extraño en acostumbrarse al caos. Uno pensaría que después de tantos años viviendo entre incendios, ausencias y decisiones equivocadas, eventualmente aprendería a salir de ahí. Pero no siempre es evidente y mucho menos inmediato. A veces uno simplemente aprende a caminar entre los escombros de lo que alguna vez construyó.



Nick Rattigan parece entender muy bien esa sensación…. o al menos eso me ha gustado pensar en las seis escuchadas que le he dado al nuevo disco de Current Joys. Su música lleva años moviéndose entre la fragilidad de melodías que parecen a punto de romperse y una producción que, en ocasiones, hace todo lo posible por terminar de destruirlas. Pero hay algo curioso en esa contradicción: el ruido no necesariamente oculta lo que sentimos. A veces es la única manera que encontramos de expresarlo.

ROSEBUD, su nuevo disco, continúa explorando buena parte del territorio que Rattigan venía recorriendo desde LOVE + POP (1 y 2). Aunque ha publicado más música desde entonces, aquí parece llevar algunas de aquellas ideas un poco más lejos. Originalmente, estas canciones estaban pensadas como un disco de Slowcore, pero después de conocer a Danny Dwyer, (never goodbye), Nick terminó reconstruyéndolas hasta convertirlas en esta mezcla de guitarras distorsionadas, glitches, gritos y momentos que, desde ahí, se acercan al Nu Metal, al Screamo y al Hip Hop.

Resulta muy interesante cómo Rattigan consigue que, entre toda esa saturación, sigan apareciendo melodías que podrían funcionar perfectamente sin ninguna de esas capas encima. Supongo que ahí está buena parte del encanto del disco… en esa contradicción entre hacer canciones que parecen querer destruirse a sí mismas y, al mismo tiempo, hacer todo lo posible por mantenerse en pie.

“HOLE” abre con un Pop Punk que parece salido de principios de los 00s. Guitarras, bajo y batería, sin demasiadas complicaciones, construyen una canción estruendosa, pero no estridente. Y esa energía acompaña una letra que habla de vacíos difíciles de llenar, de la alegría que inevitablemente se queda atrás y de esa incómoda sensación de que algunas de las cosas que esperábamos de la vida quizá nunca sucedan. Música y letra… ambas parecen avanzar con la misma desesperación.

En “WILDFIRE“, en cambio, las revoluciones bajan considerablemente. Hay algo muy tierno en su acercamiento al Dream Pop, especialmente cuando lo contrastamos con la imagen de alguien que parece incendiar todo a su paso. Pero quizá lo más complicado de reconocerse como alguien inflamable no sea aceptar los incendios que provocó, sino descubrir que, incluso cuando aprende a no encenderlos, los demás siguen esperando verlo arder. Hay una especie de autocompasión en esa ternura, aunque también cierta resistencia a permitírsela por completo. Después de todo, reconocerse como responsable del daño que hemos provocado deja poco espacio para sentir lástima por uno mismo.

Y entonces llega “CHAOS“….si las primeras dos canciones parecían presentarnos distintas maneras de aproximarnos a una misma oscuridad, aquí esa tensión termina por explotar. El screamo ya insinuado en trabajos anteriores, aparece de manera mucho más evidente. Hay algo en la canción que funciona tanto como una explosión como la consecuencia de algo que llevaba demasiado tiempo acumulándose. Como si aquel grito que venía creciendo desde el primer track finalmente encontrará una manera de salir. No necesariamente para resolver algo, sino simplemente porque ya no podía permanecer contenido.

“SUFFERER” es probablemente el único momento del disco con el que no termino de conectar musicalmente. No porque me parezca una mala canción, sino porque simplemente no me mueve nada en particular. Lo curioso es que su letra me parece una de las más contundentes del álbum. Habla de esa relación incómoda entre el sufrimiento, la culpa y la necesidad de seguir aferrándose a algo que nos lastima. Incluso de llegar a extrañar el sufrimiento, porque a veces seguir sufriendo parece la única manera de conservar algo que ya perdimos. Es una idea bastante cruel, especialmente cuando reconocemos que también pudimos haber sido responsables de provocar ese dolor.

En “blood on the stereo” reaparece una ternura particular, tanto en la melodía como en la interpretación vocal de never goodbye y Current Joys. Y hay algo casi perverso en lo reconfortante que puede resultar escuchar una canción que nos recuerda precisamente aquello que quisiéramos olvidar.

“KNIGHT OF SWORDS” toma un camino distinto. Su base rítmica, casi como una especie de Drum and Bass orgánico, tiene una intensidad que por momentos puede resultar incómoda. Y esa incomodidad acompaña de manera precisa una canción que encuentra en el tarot una manera de enfrentarse a las expectativas, tanto propias como ajenas. Porque incluso cuando buscamos refugio en la magia, las respuestas que encontramos no necesariamente son las que queremos escuchar. Hay algo de ansiedad en ese doble bombo insistente, como cuando sabemos que ciertas cosas están fuera de nuestro control, pero seguimos buscando desesperadamente alguna señal que nos diga qué hacer con ellas.

La relación de Nick Rattigan con el Pop tampoco es ningún secreto, así que encontrarnos con una versión de “STAY“, de The Kid LAROI y Justin Bieber, no sorprende demasiado. Y aunque la original me parece una gran canción, este cover consigue llevarla a otro lugar. Con un tempo bastante más lento, una guitarra que cobra protagonismo, conviertiéndo lo que antes era una canción bailable a una súplica mucho más triste. La participación de never goodbye vuelve a formar parte de este universo sonoro donde la letra de un hit pop no cambia, pero la manera de escucharla sí.

En “skinamarink on the tv“, Rattigan abraza el Screamo de una manera mucho más explícita. Y creo que hay algo particularmente interesante en un género que difícilmente permite la indiferencia. Su intensidad puede resultar insoportable o profundamente liberadora. Aquí, esa violencia sonora convive con una letra sobre la necesidad de sentirse amado y no solamente necesario. No hay contradicción entre ambas cosas… simplemente distintas maneras de expresar una misma incomodidad. Y quizá esa sea una de las mayores virtudes de ROSEBUD: no intentar hacer que las emociones más difíciles resulten necesariamente agradables.

Pero si tuviera que quedarme con una sola canción, probablemente no solo de este disco sino de todo lo que he escuchado durante 2026, sería “HALLOWEEN“.

La canción comienza con una voz que advierte “I am right behind you” y, de pronto, estamos en una casa embrujada donde hay risas inquietantes, sonidos que parecen sacados de alguna película de terror y una atmósfera que me recuerda a ese horror incómodo, exagerado y por momentos burlesco del cine de Sam Raimi, particularmente en Drag Me to Hell. Ese terror que puede provocar una risa nerviosa y, unos segundos después, hacerte sentir verdaderamente incómodo. Pero también encuentro algo del cine de Curry Barker o Jordan Peele, donde lo aterrador no necesariamente necesita venir de algún ser sobrenatural, sino de nuestra propia realidad, de nuestras relaciones o de aquello que preferimos no reconocer.

Me gusta imaginar que “HALLOWEEN” está sonando en medio de una casa embrujada, rodeada de fantasmas, monstruos y toda clase de amenazas imaginarias. Pero que lo verdaderamente inquietante no está detrás de ninguna puerta, sino en aquello que llevamos escondido dentro de nosotros mismos… esa tristeza que reprimimos, el enojo que contenemos o todas esas cosas que nunca conseguimos expresar. Como si los fantasmas fueran solamente una representación de aquello que preferimos no enfrentar. Mi relación con el miedo, con la oscuridad y con aquello que parece trascender lo terrenal seguramente influye en cómo la escucho, pero su belleza musical no depende de que alguien comparta esa fascinación.

Finalmente, “SWEPT AWAY” cierra ROSEBUD con una melancolía que desde sus primeros acordes me recordó a “Anthems for a Seventeen Year-Old Girl” de Broken Social Scene… ambas coincidentemente en esa nostalgia que parece existir incluso antes de convertirse en recuerdo. Su letra vuelve sobre esa sensación de haber ido demasiado lejos, de querer siempre algo más, incluso cuando no sabemos exactamente qué estamos buscando. Hay un cansancio particular en reconocer que llevamos demasiado tiempo persiguiendo algo que quizá ni siquiera depende de nosotros.

Y después de todo el estruendo, la angustia y la vulnerabilidad que atraviesan no creo que ROSEBUD sea un disco sobre encontrar una salida…. Probablemente no importe demasiado.

Porque la tristeza tiene algo profundamente solitario… podemos compartir una alegría, celebrarla con alguien más y sentir que, de alguna manera, nos pertenece a todos. Pero el dolor difícilmente funciona así….

Y quizá por eso me resulta tan difícil permanecer indiferente ante ROSEBUD. Porque, detrás de todo ese ruido, hay canciones que parecen ponerle sonido a emociones que a veces ni siquiera sabemos cómo nombrar. No necesariamente para entenderlas, mucho menos para resolverlas… simplemente para reconocer que siguen ahí.

ROSEBUD es uno de los discos emocionalmente más oscuros y profundos que he escuchado este año. Y aunque su estruendo puede no ser para cualquiera, creo que vale la pena atravesarlo. No porque prometa hacernos sentir mejor, sino porque algunas veces resulta más fácil encontrar nuestra propia tristeza en la de alguien más.

Y cuando termina ROSEBUD, como sucede con algunas conversaciones, visitas y/o personas, lo único que desaparece es el sonido… pero la estela de dolor permanece.

Post escrito por: Lecce

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