Os Mutantes @ El Plaza Condesa

July 5, 2018

Por Alejandro Mélendez @alexmelon

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Os Mutantes en El Plaza:
Tropicalia selvática, dulce y fiera

Por Patricia Peñaloza
@patipenaloza

Con su túnica de hechicero, vestigio mágico de lejanos y extravagantes vuelos sesenteros, Sérgio Dias Baptista, único sobreviviente del legendario combo brasileño de Rock psicodélico Os Mutantes (no porque los demás hayan fallecido, sino porque es el único que le sigue dando vida al grupo), sobrado de carnes cual Rei Momo en su trono, sentado en un banco alto casi todo el concierto (se puso de pie ocasionalmente para hacer volar su instrumento), mantuvo hipnotizados a los poco más de mil asistentes durante dos horas, con su deslumbrante forma de tocar la guitarra eléctrica, con una técnica fina, brillante, y un feeling delicioso, de primer orden, el pasado miércoles 4 de julio en El Plaza.

Foco de atención ineludible, luminoso y carismático, de sonrisa amplia y alaridos espectaculares, agudos y afinadísimos, a sus 67, con todo y aspirador contra el asma: “Discúlpenme, estoy tonto por la falta de aire”, dijo en cierto momento. Dias conmovía por mantener intacto su antiguo toque, al no pedirle nada al mejor Santana, o a cualquier guitarrista pesado de la psicodelia sajona, más cercano a los requintos de Johnny Echols de Love, una de sus notorias influencias, que al blueseo a lo Jimi Hendrix, por poner referentes característicos de la época.

En segunda visita a México, con un show adusto, pero no menor, integrado en su mayoría por músicos jóvenes, salvo la veterana cantante Esmeria Bulgari, el grupo nacido en 1967 en São Paulo, Brasil (actualmente Dias vive en Estados Unidos) no paró de arrojar deliciosos y rasposos, selváticos, fieros temas, de melodías ya sea dulces o jocosas, y ascendencia brasileira, rasgo notorio sobre todo en la cadencia del portugués (a veces también cantan en inglés) y en algunas rítmicas tradicionales latinoamericanas, fusionadas por ellos desde hace 50 años con el delirante rock del Verano del Amor, en plena época de la corriente de su país llamada Tropicalia –a veces también con toques cercanos a las composiciones setenteras de Paul McCartney (sobre todo la canción “A Balada do Louco“, de a piano intenso).

Las dos voces femeninas que en directo flanquean a Dias, ocupan un lugar sonoro importante, pues le dan un fantástico toque festivo, armónico, feliz y totalmente hippie, en momentos parecido a Wendy and Bonnie. La brisa carioca se dejaba sentir cuando a los guitarrazos enfermos y distorsionados se le atravesaban unas claves latinoamericanas, con una rítmica que le tiraba a Samba, sin llegar a serlo del todo, pues en realidad le pegan, en uno que otro tema, a ritmos más bien afroantillanos.

Pieza atractiva del ensamble es la encantadora cantante, guitarrista, tecladista y flautista inglesa Carly Bryant, de vasta sonrisa y pelo muy largo, a la que de broma Dias le decía parecerse a Carly Simon o a Alanis Morrisette (y sí, se parece a ambas), con gran talento para cada instrumento, y mucha energía saltarina por todo el escenario (es la más joven del grupo). Ella, junto a la también sonriente y teatral Bulgari, daban ánimo festivo al conjunto, elevando brazos, haciendo gestos, en contraste con la presencia estática de Dias, a quien sin embargo, el tener que estar sentado (quizá por la edad o por enfermedad) no le restaba veloz habilidad en manos ni fuerza en la garganta.

Quizá quienes no los conocían (parecía haber mucho neófito, ávido por conocer al grupo), pensaron que escucharían un sonido puramente brasileño. Pero no. Os Mutantes siempre ha sido más un grupo de Rock anglosajón directo, clásico; aunque claro, lleno de búsqueda y exploración tropical, gozosa, lúdica, trepidante.

Y aunque atrás han quedado los tiempos de los fundadores, sus hermanos Arnaldo y Claudio Cesar Dias Baptista, al lado de Rita Lee (quien a sus 70 años, aún tiene una fuerte carrera solista), o de miembros destacados como Dinho Lemme o el también productor Liminha, alineación con la cual crearon sus álbumes más trascendentes, fue justo de ese período del que emanó la mayoría de los temas de la noche: Os Mutantes (1968), A Divina comédia Ou Ando Meio Desligado (1970), Jardim Eletrico (1970; junto con su debut, el más famoso: de ambos fue que tocaron más canciones), E Seus Cometas No Pais Do Baurets (1972).

Si bien las percusiones actuales de Claudio Tcherney le restan algo del viejo mood, tampoco estuvo mal su actualización (salvo en “A Minha Menina“, el mayor exitazo del grupo, al cual le faltó algo de sabor y un poco más de Batucada, palmas y bullicio). De igual forma, nunca serán iguales los espectaculares y antiguos órganos Hammond o Farfisa, a un Nord digital actual, con todo y que el tecladista Vitor Trida es notable. Aun así, aquella canción-himno fue de las más celebradas y bailadas. Buen desempeño traía también el joven bajista Vinicius Junqueira, quien hacía tronar macizo su instrumento y le daba fuerza y respaldo a los riffs de Dias. Otras canciones vitoreadas fueron “Bat Macumba“, “Panis et Circenses“, “Cantor de Mambo” y “Baby” (original de Gal Costa y Caetano Veloso).

El concierto se fue rápido, aunque la gente tardó en conectar del todo; a pesar de que varias canciones eran totalmente bailables, sabrosas, mucho del público permanecía inmóvil, pero observante, atento y respetuoso, más por expectativa y por tener ganas de conocer, que por ser decididamente fans. Sin embargo, el grupo no escatimó en energía y entrega, a pesar de que tras la tercera rola, Dias tuvo un desperfecto con el cable de la guitarra, y el arreglo tardó más de lo esperado, ante lo cual el músico pedía disculpas, más en inglés que en español: “Disculpen, mi español es muy malo… y perdonen por esta falla de tecnología digital. Mi venganza será implacable”. Y así fue: hizo chillar a la de seis cuerdas, cual el superdotado demonio que es.

Hacia el final, tras dos encores, las sonrisas se instalaron de forma permanente, dichosa, en los rostros de los asistentes. Sin duda, fue una magnífica noche retro-psicodélica, de ésas que te hacen salir con flores en el pelo.

Post escrito por: Patricia Peñaloza

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